sábado, 23 de julio de 2011

Collados Beach Vs Rincón de Joaquín.

Esta semana he tenido la oportunidad de comer, en un intervalo de 30 horas en dos de los restaurantes más afamados de la comarca del Mar Menor, sin olvidar Los Churrascos, Malvasía o la Escuela de Pieter y algún otro que me dejo en el tintero. Y siendo dos estilos totalmente distintos ha habido una serie de similitudes que me han animado a hablar de ambos en la misma entrada. Me refiero al Rincón de Joaquín de San Cayetano, ese oasis donde los fieles peregrinan en busca de buena comida con el servicio de siempre, un estilo campechano que agradar a los comensales. Y a Collados Beach, la versión manguera de los Collados, un Restaurante que sorprende y cuida el trato y servicio, sin olvidar la buena comida.


Empezamos por San Cayetano. Situado en la pedanía pachequera, desde hace unos años trabaja y muy bien Joaquín Madrid junto a su equipo (no hay que perderse los modelitos del chef). Nada más llegar, para amenizar la espera, el camarero de la barra ofrece una caña y algo más, aunque me resisto a la compañía para no desgastarme antes de la dura etapa. Una vez estamos todos, entramos al comedor donde nos esperan unos platos con jamón y otros con Parmesano y almendras. Enseguida traen pulpo. Hace años que no venía, pero aún no he olvidado lo bueno que estaba el pulpo. Y cuando lo pruebo, no quedo decepcionado, no ha perdido el toque. Un pulpo al horno, tierno y sabroso. Aliñado con pimienta y aceite. Cuando ya no queda ni un tentáculo del octópodo, viene el marisco, unas gambas y unas cigalas cocidas acompañadas del eterno limón murciano. Hay gente que no lo entiende, y yo los entiendo, pero hoy este marisco necesita ese limón. Para terminar con los entrantes, un bacalao con salsa verde, acompañado de setas y un alioli. Quitando el marisco que los hay mejores, todos los entrantes muy buenos, aunque la cocina aún no ha demostrado mucho. Los entrantes los acompañamos de un Rueda de 2010, Tierra Buena. Hubo quienes quisieron repetir y no hubo problema, trajeron un plato más de bacalao.

El plato principal, era carne, al centro trajeron unos entrecot trinchados y unas carrilleras en una salsa de Málaga virgen todo acompañado de patatas chips. La cocción de la carne estaba hecha con la suficiente paciencia para que, practicamente, se deshiciera al chocar la lengua contra el paladar. La gran mayoría, éramos gente de buen saque y aunque hubo espacio para una copa, todos quedamos más que satisfechos. El plato sorpresa y el mejor, la carrillera. Para las carnes, pedimos un tinto de Jumilla y trajeron Juan Gil de 2009. Sin ser muy entendido, me gustó más que el de 2008.
Los postres no dejaron sorpresa alguna. Como todo, fueron esos anti-higiénicos platos al centro, cuatro tartas donde metemos la cuchara, la llevamos a la boca y la volvemos a meter en la tarta. Una era tarta de la abuela, pan de Calatrava, un tiramisú y extrañamente no había tarta de Queso. Todos, lo suficientemente dulces para cubrir el expediente. Junto a las tartas y para silenciar las conciencias pusieron unos platos de fruta al centro. Melón, sandía, piña... Solo faltaba cafés, un asiático, claro, y un vino dulce, un PX de Alvear, 1927.

En la mesa éramos once y pedimos un menú cerrado a 40 euros, aunque las veces que he ido al Rincón, pidiera lo que pidiera, siempre me cobraban 40 euros. Personalmente valoro en los restaurantes más la elaboración y la presentación, que ciertas delicatesen. El jamón o el marisco encarecen un menú y poco dicen de la cocina del restaurante. Mereció mucho la pena ir al Rincón de Joaquín, aunque no tanto como para hacer más de 50 kilómetros, seguro que más cerca encontramos algo igual de bueno.

El otro restaurante, los Collados Beach, Restaurant & Lounge Bar del grupo Collados, en la Manga del Mar Menor, un enclave difícil de superar a pesar de la relativamente reciente urbanización de la zona. Una moderna construcción de los años sesenta construida para el que fuera ministro franquista y presidente del Atlético de Madrid, Agustín Cotorruelo, que asemeja la forma de un platillo volante. En él se realiza una buena cocina, de alta calidad donde ser busca sorprender a los clientes a través de los sentidos, vista, olfato, oído y por supuesto, el gusto. Es uno de esos restaurantes que imita a los candidatos a estrella Michelin y sueñan con ella. Además funciona como un club de playa, donde podemos disfrutar de sus cócteles en la tumbona de la piscina, y por la noche, tras la cena, sigue la fiesta.

Entramos a la vacía recepción de gimnasio que nos obliga a pasar al interior. Enseguida el Maître con sonrisa profident nos saluda y acompaña a la mesa mientras nos pasa la mano por el hombro. - ¡Malo!, Esto son 30 euros más.

Cuando las bebidas ya están servidas, se vuelve a acercar el solícito maître a tomar nota. Es un simple formalismo, no conozco a nadie que haya podido elegir lo que quiere comer en los Collados. O menú o menú. Oímos en la mesa de al lado unos jóvenes que piden el menú largo, a lo que se opone el maître al considerarlo demasiado extenso para la cena. Solo pedimos dos cosas. Uno de los que viene no come marisco, y pide que nada de marisco. ¡Lógico!. Otro no quiere cosas poco hechas. Ellos sabrán. ¿Tendrán suerte? Lo que si podemos elegir son las bebidas y el vino. En cuanto al vino, y aquí esta la primera coincidencia con el Rincón de Joaquín, pedimos un Juan Gil. En este restaurante salen caros los vinos intermedios, aproximadamente un 300%, mientras que los caros, a penas los suben. A diferencia de las otras veces que vine, los platos principales podemos elegir. La variedad no es muy amplia, pero lo suficiente para abarcar todos los gustos. Carrillera en salsa, atún, lubina salvaje entre otros.
Empezando por los entrantes, la primera puesta en escena fue, como dije antes, sorprendente. Una "Mancharella", la versión manchega del queso Mozzarella marinado en aceite provenzal. La presentación era en el mismo tarro donde los había dejado marinar con unas virutas de ibérico, muy original, pero un poco incomodo de comer. Junto al queso, venía una ensalada exprés aromatizada con una infusión a baja temperatura de anís estrellado. La puesta en escena era digna de ver, aunque disfrutaba más la vista y el olfato, que el gusto. Era algo parecido a una escalibada que añoraba la sal como el tequila al limón.

El tercero de los entrantes, era de esos que es más largo el nombre que el plato. Un foie acompañado de turrón de almendras, con un gel de limón y un pan de especias. Estaba tan bueno como larga era la descripción. Tras el foie, un crocante de gambas sobre vieira. Creo recordar que alguien dijo que no quería marisco. A los que nos gusta todo o queremos probarlo todo nos pareció un plato muy rico a pesar de que la gamba estaba hecha de más. Muy seca. El último de los entrantes era un canelón de cordero ecológico segureño, que por aquí lo tenemos como el mejor de los corderos, sobre una base de cous-cous. Reconozco que tres y medio de los cinco entrantes, me parecieron excelentes, con el añadido de la puesta en escena del aroma de anís estrellado.
A diferencia de las otras ocasiones en las que hemos ido a los Collados, cada uno, tuvo la oportunidad de pedir su plato principal. Creo que en Los Collados de la Sagra, que por cierto han vuelto a retomar, trabajaban así. Pidieron atún sobre un pisto con piñones y espuma de remolacha. Una lubina salvaje y yo, pedí una carrillera, otra coincidencia con el Rincón. No sabría decir cual de las dos me gustó más, quizás, el sentimentalismo me haría decantarme por la del Rincón. Esa salsa dulzona, que me evocaba la cocina más clásica, me encantó.

Antes de los postres, nos sirvieron una copa de cava, en la que introdujeron una flor de hibisco en almíbar. El maître nos informó que era comestible, pero lo único que consiguió fue dar un color rosado al cava. Creo que nadie terminó ni la copa ni el hibiscus. Original, como otras tantas cosas de la cena, pero prescindible.

Por último los postres. Una de las estrellas de la casa. ¿Con que nos sorprenderían esta vez? Con un carpaccio de piña con un helado de coco y una gelatina. ¡Que decepción! Con los magníficos postres que había tomado en Los Collados y nos dan esto. No estaba malo, por supuesto, pero esperaba más, y así se lo hicimos saber al maître quien reaccionó con presteza y trajo nuevos postres a base de helado de vainilla sobre una base de tofee, decorado con unas láminas de chocolate. No era como los postres que yo recordaba, pero se acercaba más que el carpaccio de piña.

La noche era agradable frente al Mediterráneo y pedía tertulia en la sobremesa. El camarero, tras los postres, se acercó con un plato de aceitunas, cosa rara, y nos dijo que eran buenas para la digestión. Nos extraño, pero los aspirantes a Michelin, son así. Hubo quien se envalentonó y al probar las olivas se llevó una sorpresa. Las olivas eran de de chocolate. No solo parecían olivas de verdad, sino que con unas hojas de olivo y su aceite, daban totalmente el pego. Además, estaban buenísimas. La velada terminó tomando unos gin-tonics en la terraza y comiendo unas piedras que resultaron ser de caramelo. El precio fue lo que menos nos gustó, 62 euros por menú más el vino. -Si no hubiésemos dejado que nos pasara la mano por el hombro... Ahora recuerdo por qué hacía tanto que no íbamos a los Collados, por un poco más nos dan de cenar en un Restaurante galardonado con una estrellita. Bueno, volveremos, porque todo estaba delicioso, cuando pasen dos cosas, que nos repongamos económicamente y se nos olvide la dolorosa.

El Rincón de Joaquín está en la calle Enrique García Álvarez de San Cayetano, y su teléfono es el 968 580 893 ó 605 887 766 y Los Collados Beach está en el Polígono de la Veneciola B de la Manga del Mar Menor, en la zona norte. Y su teléfono de contacto es 968 14 73 50.

Ahora bien, en esas 30 horas que hubo entre el Rincón de Joaquín y Los Collados Beach, tuve la suerte de que el señor James McLamore, comentarista habitual de este blog, me invitara a una cena en su terraza de Cabo de Palos, sobre una cala desde donde se veía todo el pueblo. Allí, nos agasajó, entre otras muchas cosas, con unos chuletones que se reían de los entrecots del Rincón y un vinazo, el Nido de 2006 que ha hecho que de este fin de semana gastronómico, lo que más recuerde sea la grata compañía de los amigos en el Cabo, por encima de recetas, platós y puestas en escena. Mucho más entretenido es disfrutar de la conversación de los amigos y de sus pequeñas mascotas en este caso.
Por último, quiero pedir disculpas a mis 4 lectores habituales y alguno ocasional, por la longitud de esta entrada. Si es que habéis llegado hasta aquí.


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Pues a mí me encantan los Collados (como ya sabe...). No es sólo un tema de comida, que esta especialmente buena, sino que el sitio es espectacular...Además, quiero mencionar también la amplia carta de bebidas, que incluye vodkas dificiles de ver en otros restaurantes, como Belvedere...

Oreikiko dijo...

Estoy totalmente de acuerdo.

James McLamore dijo...

Me he quedado con el antojo de las aceitunas de chocolate, !parecen de verdad!
Gracias por lo de mi onomástica.