viernes, 21 de octubre de 2011

Taberna Siglo XXI - Murcia.




Decía Umberto Ecco en el Cementerio de Praga: ¿Quién soy? Quizá resulte más útil interrogarme sobre mis pasiones, de las que tal vez siga adoleciendo, que sobre los hechos de mi vida. ¿A quién amo? No me pasan por la cabeza rostros amados. Sé que amo la buena cocina: sólo con pronunciar el nombre de La Tour d’Argent experimento una suerte de escalofrío por todo el cuerpo. ¿Es amor? Y realmente creo que hay momentos en la vida donde nuestras pasiones se encaminan de manera preferente hacía el hedonismo epicúreo y solo el recuerdo de platos degustados en algún establecimiento nos trae recuerdos tan placenteros que soñamos con volver a experimentarlos. Y quedando esta taberna tan lejos de la Tour d´Argent, como lo está Murcia de París. Hay platos que han conseguido quedarse de manera permanente y grata en mis recuerdos.
La taberna tiene entrada a dos calles, podemos entrar por la Avenida Don Juan de Borbón, pero también por el ajardinado paseo paralelo Ingeniero Sebastián, donde tienen una agradable terraza para los meses de entretiempo. El local no es muy grande, y está decorado con el estilo típico de las tabernas de aire andaluz. Allí hacen una cocina clásica, con matices innovadores, pero solo matices, pues hay veces que por comodidad o falta de tiempo vuelven a lo clásico, sin complicaciones.
De todas las veces que he tenido la oportunidad de ir a la Taberna, que no son pocas, rara vez he variado lo pedido, pues como me pasa en el Restaurante Acuario con la lubina al hojaldre, hay algunos platos que me gustan tanto, que no estoy dispuesto a dejar pasarla ocasión de tomarlos. Siempre ofrecen algo fresco del mercado, como almejas, calamares.... Empezamos pidiendo unas quisquillas, que bueno, nada excepcionales y después unos chopitos rebozados. Pero el entrante que más me gusta, un carpaccio de tomate. Un plato que vimos por primera vez allí, muy sencillo de hacer pero todo lo que tiene de sencillo, lo tiene de bueno. Un tomate cortado lo más fino posible, como papel de fumar, y sobre él, atún en aceite y huevo duro cortado muy pequeño. Ese plato tan sencillo aliñado, da un resultado de escándalo y es una forma distinta de hacer ensalada. Es de los platos que podemos hacer en casa de dificultad cero.
Mi plato principal fue rabo de toro, aunque he de confesar que últimamente estaba un poco desilusionado con este manjar. Un par de desengaños me había hecho arrastrar del pedestal en el que se encontraba este plato, y aupar la carrillera estofada. Y creo que no soy el único desilusionado. Decía hace unas semanas Martín Ferrán en el XLSemanal. que no es fácil encontrar auténtico rabo de toro de lidia. Ilusos quedan que creen que el rabo de toro que nos sirven es realmente de toro de las dehesas castellanas. Y ampliaba la información con un comentario de Alfredo Amestoy sobre los establos, que debido a la higiene de estos, el ganado mueve menos el rabo para quitarse las molestas moscas perdiendo músculo, textura y sabor el guiso. Esto me lleva a recordar algo que leí, sin venir mucho a cuento, del faisanaje, esa operación que consiste en dejar en un sitio fresco las pequeñas aves de caza, en especial el faisán, hasta casi llegar a la putrefacción, entonces las carnes se ablandan, cambia el sabor por la invasión de sustancias casi tóxicas de los intestinos en descomposición y entonces los franceses y algún snob disfrutan del manjar. Si al final la higiene no va a ser tan buena.
Volviendo al rabo de toro. La primera vez que lo tomé en el Siglo XXI, me cautivo, desmigado, con aceitunas y acompañado de arroz blanco, que se mezclaba con la salsa y daba un resultado que años después me sigue haciendo la boca agua. Lamento decir que de las innumerables veces que he vuelto después y lo he pedido, que ha sido siempre, ninguna ha conseguido igualar el de aquel día. No se si el reposo, las aceitunas o el desmigarlo, pero todo han sido desilusiones. Esta última vez lo hicieron con caracoles, patatas y arroz. Además los trozos eran considerables, sin deshuesar y la cocción en su punto. No estaba como el primero, pero consiguió que volviera a creer en el rabo de toro. Pienso que desmigado gana muchos puntos este plato. Aunque si en un restaurante tienen rabo y carrillera, creo que no tendría dudas en mi elección. El vino, fue un Vega Murillo de 2008, D.O. Toro recomendado por la casa. Esta vez no vi ningún cartel, pero antes daban la oportunidad de poder llevar nuestro propio vino con un incremento de tres euros por descorche. Buenísima opción.
Mi compañero de al lado pidió un solomillo al foie. Venía acompañado con las mismas patatas y arroz que mi plato y aunque juraba y perjuraba que estaba riquísimo, creo que el chef debería echarle un poco más de imaginación a la hora de emplatar.
El postre que siempre pedimos es el cremoso de la casa, muy rico, pero un poco empachoso, así que esta vez, cambiamos y con el grato recuerdo de la crema catalana del Miramar, pedimos sus homónimas. No fue una buena decisión. Café y a casita que mañana hay que trabajar.
El precio fue un poco alto, aunque es cierto que tomamos las quisquillas que siempre suben. El servicio muy acorde con el entorno de la taberna. Muy cercano y siempre queriendo agradar. Recomendable y buena opción si se va con niños. No es de los que tienen juegos para ellos, pero el parterre les permite jugar mientras los mayores hacen sobremesa.


La Taberna Siglo XXI, está en la avenida Don Juan de Borbón número 24 y para reservar, podemos llamar al teléfono 968 20 30 15.

lunes, 10 de octubre de 2011

Fiesta de la Cerveza en Murcia.



Esta semana se ha inaugurado en Murcia la tercera fiesta de la cerveza Oktoberfest, y aprovechando la ocasión, un grupo de amigos nos hemos acercado a ver qué es eso de lo que los alemanes y más concretamente los bávaros están tan orgullosos. Llamadme ignorante o como dijo el señor del comentario de la Sidrería Navarra, poco viajado. Y no le falta razón, pero que quede claro que no es por falta de interés sino de oportunidad. Pero la sensación que me dio es que viene a ser como nuestro bando de le huerta pero en tecnología alemana.
Reservamos mesa a las 10 y nos advirtieron que si nos retrasábamos más de diez minutos, perderíamos la reserva. Muy lógico, son alemanes y tienen esas cosas muy claras, pero cuando llegamos, con puntualidad germana pensando que estaría nuestra mesa limpia de polvo y paja, o de cervezas y restos de salchichas del turno anterior como anunciaban, nos sorprendió ver dos colas en la entrada de la carpa, una de reservas y otra sin reservas. Hasta cierto punto normal. Van a estar diez días y han de sacar el máximo rendimiento. Lo que no me pareció tan normal, es que pasada la hora de nuestra reserva y estando esperando para entrar, fuera pasando gente sin reserva antes que nosotros. Lo que también es cierto, es que la cola era larga pero corría muy deprisa, y en apenas diez minutos un simpático camarero hispano-germano, más concretamente de Caravaca o Cehegín nos acompañó a la mesa ataviado con un lederhose, el típico traje masculino bávaro, de esos hechos en Shanghái, que bien podía ser Bávaro que del Tirol con una etiqueta con el germánico nombre de Gonza. Las camareras iban con el respectivo femenino, el dimdl cuyo erotismo distaba muchísimo del de la rubia del cartel anunciador de la fiesta. La mesa era la última, fuera de la carpa y sin visión del escenario donde se anunciaba música en directo. Y esto acabó siendo una ventaja, al no tener allí el agobio de estar rodeado en un espacio mínimo. Nada distinto a las barracas en Fiestas de Primavera.
Como he dicho, no soy muy viajado y aún no he tenido la oportunidad de viajar a Alemania, pero he visto reportajes y allá por el año 1992 fui a la Expo de Sevilla, donde cené en el pabellón alemán. Por lo que no me extrañó lo más mínimo la disposición de las mesas.  Mesas corridas, unas junto a otras y con bancos sin respaldo. Creo que hace unas semanas hice un comentario que venía a decir que nunca reservaría a sabiendas en un sitio con bancos sin respaldo, cosa que se encargó el señor García-E en recordármelo. Por su insolencia fue condenado a trinchar la carne, eso sí, con instrumental perfectamente esterilizado. Pero si la propia Paris Hilton se vistió con el tradicional dimdl y se fue a la Oktoberfest a esos bancos tan incómodos. No voy a ser yo más.
El simpático camarero que nos ubicó y en un perfecto murciano nos recomendó que pedir y tomó nota de las bebidas. Los de los refrescos de siempre, una sin, para quien por circunstancias gestantes no podía beber. Y el resto cerveza con alcohol. Las mujeres, jarra pequeña. Nosotros, que somos leones, grande, de litro. De la marca Paulaner, la oferta era, cerveza negra, que nadie pidió, cerveza de cebada los más conservadores y turbia de trigo los que estábamos por algo distinto. 
Para meterse entre pecho y espalda un litro de cerveza y no terminar mal, tienen platos típicos alemanes. Pero nada de sofisticación, las morcillas, longanizas y zarangollo de aquí, son sus codillos y costillas de cerdo o los cinco tipos distintos de sus wurst (salchichas) y para que no digan que todo es carne, el típico Chucrut (repollo agrio) que nadie tuvo el valor o las ganas de probar. Si tomamos el codillo, abundante para individual y escaso para compartir, las salchichas, las costillas, que cuando quisimos repetir se habían terminado y un pollo asado casi imposible de dividir.
Lo que iban trayendo, era de elaboración bastante simple, pero bueno. Lo malo era como lo traían. Sobre un plato de cartón y con cubiertos de plástico. Plateados que daban el pego, pero de plástico. Supongo que la idea es que la gente pida un menú individual, pero aun así, partir el costillar con un cuchillo tan blando, no fue tarea fácil. Murieron varios tenedores en el intento.
Por comodidad y seguridad, cuando sirvió el último plato de comida y sin previa petición trajo la cuenta. Una costumbre de mal gusto que personalmente considero odiosa. Será por agilidad, pero es feísimo. No nos dieron la opción a probar los postres. Y eso que ya le habíamos echado el ojo a la Salva Negra. Ni siquiera un café, que digo yo que allí también tendrán su cafelito de puchero con anisette. Aunque peor fue lo que vino después. Un pseudo-segurata vestido de calle, en la salida iba palpando los bolsos para evitar el hurto de las jarras de cerveza. ¡Lo nunca visto! ¿Qué opinión tienen de sus clientes?
En resumen, fue una buena velada, sin sorpresas, donde sabíamos a dónde íbamos y a lo que íbamos. Aunque creo que tienen bastante por mejorar en muchos aspectos, que es una buena idea como iniciación a la Oktoberfest y que espero que sean muchas más las ediciones y cuenten con gente con tanto ánimo como el camarero que nos atendió. 
La fiesta se celebra en el Jardín de La Fama de Murcia y el teléfono de reserva es el 627 23 00 32

viernes, 7 de octubre de 2011

Restaurante Miramar - Cabo de Palos (Cartagena).


Ir a La Manga del Mar Menor y no pasar por Cabo de Palos debería estar tipificado como delito, y viceversa. Y ya que vamos a Cabo de Palos, es muy aconsejable dejar el coche en el puerto, dar un paseo hasta el faro, bajar bordeando las calas hasta llegar a la zona del paseo de la Barra, y allí, si es hora, hacer una comida. Y si no, esperar hasta que lo sea. La oferta es muy variada, y ya que estamos con tópicos y estamos en un pueblo pesquero, no podemos dejar de tomar un caldero típico de la zona, plato de arroz con pescado de roca, o pescado fresco procedente del Mediterráneo.
Como decía, la oferta es muy variada y de gran calidad. En la Barra podemos encontrar Restaurantes como La Tana, La Taberna del Puerto o El Pez Rojo y más arriba El Carbonero o El Mosqui. Ese que se anuncia: De la mar el mero y del Mosqui el Caldero. Aunque yo quiero hacer un aparte para el Miramar, que es al que yo más he ido, voy y espero poder seguir yendo. Uno de los Restaurantes clásicos del Cabo, con más de cuarenta años a su espalda y que se ha sabido adaptar a estos tiempos, con una remodelación que le da un carácter más moderno, sin perder la esencia de lo que fue.
 Si tenemos la oportunidad de elegir cuando poder ir, es importante elegir bien, pues aunque dentro tienen aire acondicionado y la estancia es agradable en cualquier momento, se disfruta más de la terraza frente al canal de entrada al puerto. Y para estar en la terraza, lo óptimo a no ser que el tiempo dicte lo contrario, sería ir a comer en invierno o cenar en verano.
 Por último, antes de la crítica, aconsejar a aquellas personas amantes del arroz y que no lo conozcan, o conociéndolo, que se pidan un caldero. También tienen otros como el arroz con bogavante o su anunciado como especialidad, arroz Perlines, que he de reconocer que nunca lo he probado. Y como ya conozco el caldero y esta vez, fui a cenar, lo elegido fue más frugal.
Entrando ya en materia, la cena fue ligera, a base de tapas, platos y marisco al centro. Para empezar y como perfecto acompañante de lo que íbamos a pedir, una botella de Mar de Frades, un Albariño, que marida a las mil maravillas con el marisco y el pescado. Uno de los camareros, de los que llevan allí desde que yo recuerdo, como casi todos, que sin ser muy simpáticos, son más que correctos y profesionales trajo el enfriador para que la botella conservara su temperatura óptima. Allí metió el Mar de Frades, con su etiqueta termocrómica con un galeón invisible, que se hace aparece cuando la temperatura es inferior a los 11º.
De lo que pedimos, poco puedo decir. No requería grandes esfuerzos técnicos para prepararlos, solamente la calidad de la materia prima, que era de primera. Y el "savoir faire" que da la experiencia para conseguir el punto justo de cocción y salazón. En algunas ocasiones empezamos con una ensalada, aunque esta vez fuimos directamente al tema. Unas gambas rojas a la plancha, aprovechando que estábamos en septiembre y por aquello que se dice de los meses con "erre" son los mejores para el desarrollo del producto. - ¿Quien sabe?-Almejas y gambas al ajillo. Como no pedir los calamares a la romana, los chopitos o los chanquetes. Y unos boquerones fritos. Nosotros paramos aquí, pero aquellos que tengan más saque, tienen una amplia oferta de carnes y sobre todo pescado fresco. Ni que decir que todo estaba muy bueno.
Un último consejo, aquí hacen una crema catalana de escándalo, casera y limitada. Si os gusta y tenéis claro que la vais a pedir, reservarla al pedir los entrantes, no sería la primera vez que alguien se queda con la miel en los labios. Aunque hay alternativas, como la leche frita con helado casero de almendras o arrope con helado de vainilla. Tampoco puedo hablar porque siempre, siempre, pido la crema catalana.
Casi termino, pero como los malos toreros, que nunca se van, un penúltimo consejo, el café. No se debe pedir un café cualquiera. Siguiendo la máxima, allí donde fueres, haz lo que vieres y estando en Cartagena, y a pesar de tener un importante poder calórico, no podemos dejar pasar la oportunidad de tomarnos un asiático. Un café típico de la zona, a base de café, leche condensada, licor 43, entre otros muchos ingredientes.
Para terminar, y ahora sí, la cuenta. - ¿Alguien creería que sería barato? - Demasiado bonito si así lo fuese. No es ya las tres bes, sino que encima no lleva croquetas y las gambas están enteras y son frescas. Pues no, la cuenta estuvo a la altura de lo pedido y del entorno. En una terraza turística, en verano, aunque fuese a finales, y tomando marisco. Pues blanco y en botella. Fue caro, pero un buen colofón para cerrar la temporada estival y hasta el año que viene.
El Restaurante Miramar, está en el Paseo de la Barra número 14, haciendo esquina con el puerto de Cabo de Palos y su teléfono para reservar es el 968 56 30 33.


domingo, 2 de octubre de 2011

Noche de Wine & Cheese en La Lechera de Burdeos.

Esta semana, la quesería La Lechera de Burdeos ha organizado una nueva cata-maridaje de quesos y vinos. La idea ni es original ni es nueva, lo que no quiere decir que no fuera placentera y muy recomendable. En la pequeña aula que tienen en la rebotica de la tienda, dispusieron unas hojas-manteles donde nos fueron presentando y fuimos degustando hasta diez quesos de orígenes, texturas, olores y sabores diversos y seis vinos que nos ayudarían a disfrutar las distintas versiones de cada uno de los lácteos.
Antes de nada, la enóloga de la casa nos hizo una breve introducción al mundo del queso, forma, materia prima, intensidad, olor o sabor. Una vez concluida la pequeña charla nos empezaron a presentar los quesos siguiendo un orden preestablecido. Maridando éstos, con unos vinos y otros productos que potenciaran y jugaran con el sabor de los quesos.
En la primera copa nos sirvieron un Waltraud de 2010, de Torres (Penedés). Un vino hecho con uva riesling donde dominaban los aromas a azahar y jazmín. Con este vino presentaron dos quesos cremosos. Un Bûche de Pussigny, un francés de Sainte Maure de Touraine, de intensidad media hecho a base de leche de siete clases diferentes de cabra. La recomendación fue maridarlo con plátano. El segundo y siguiendo con el Waltraud, vino uno de leche cruda de vaca, el Comttesse de Vichy, queso redondo, de pasta blanda, con corteza enmohecida, rodeado por un cinturón de abeto en su presentación original y de aspereza más fuerte. Originario de la región francesa de Auvernia.
Cambio de vino y cambio de queso. Seguimos en la D. O. Penedés, pero de la casa Gramona, nos sorprendieron con otro vino blanco, Gessamí (Jazmín) de 2010, un coupage, donde destaca la variedad Muscat de Alejandría sobre la Sauvignon Blanc y la Muscat de Frontignan. Los quesos maridados fueron un Charolais de leche cruda de cabra y procedente de Borgoña, que curiosamente toma su nombre de una raza bovina. Este fue el que menos me gustó a mí, que no quiere decir que no fuera bueno. El cuarto de los quesos era un viejo conocido. El Tète de Moine (cabeza de monje), un queso suizo de leche de vaca, forma redonda, extremadamente oloroso y sabor suave. Lo presentaron cortado con la girolle, un utensilio que ralla el queso en sentido circular, dándole forma de flor. Al comerlo se deshace en la boca dejando un sabor espectacular.

Suenan los clarines y hay cambio de tercio. Con, para algunos el vino más flojo, un pinot noir de Borgoña. El Hautes-Côtes de Nuits. Seguíamos combinando quesos con vinos y frutos secos, frutas, gominolas, dátiles.La guinda vino con dos compotas ecológicas, una jalea de lima y otra de kumquat. Es turno de los quesos británicos. El Red Leicester, de elaboración parecida el cheddar, tiene un color anaranjado debido a un tinte natural. También probamos quesos españoles, que además del manchego o el cabrales, tenemos otros quesos y maravillosos, por cierto. Tomamos el Mahón de Baleares.
Para no extenderme mucho más diré que además de estos vinos, tomamos otro Borgoña pinot noir de la misma casa, Albert Bichot, que gustó más. Secret de Famille. Un merlot de Torres, del Penedes, Atrium de 2009 y como postre, un vino dulce del Sudoeste francés. Maydie Tannat Vintage. Los quesos restantes no fueron a la zaga de los primeros. Un Camembert de Normandie, nada parecido a los de las tiendas convencionales. Cremoso y sin ese aroma a amoniaco que tienen algunos de sus primos industriales. Otro inglés, el Shropshire blue, heredero directo del Stilton. Y como colofón, el afamado Comté Réserve francés y el Cántabro Picón del que ya os hablé. Un queso obtenido de la leche de oveja lacha, vaca Tudanca, Pardo-Alpina y Frisona, y cabra Pirenáica y Cabra de los Picos de Europa.
Junto a los organizadores estábamos trece desconocidos que fuimos aprendiendo juntos algo nuevo sobre el fabuloso y complejo mundo de los quesos. Una iniciación inconclusa pero que ha sembrado, al menos en mí, un gusanillo que me pide que lo alimente a base de conocimiento y queso, por supuesto. Fue una maravillosa oportunidad para catar quesos de autor difíciles de encontrar en el mercado y vinos franceses diferentes a los españoles a los que estamos tan acostumbrados.
Nos comentaron que iban a seguir con las catas y más adelante maridarían estos u otros quesos con vinos espumosos o cervezas. Dos buenas ocasiones para seguir el camino del queso y desde aquí les propongo a los de la Lechera de Burdeos, organizar una especie de club de quesos similar a los clubs de vinos que hay, como ayuda inestimable para el desarrollo de una cultura entorno a este producto tan cercano y del que, como un iceberg solo vemos la punta.
Las catas que están entorno a los veinte euros las hacen los jueves a las 8:30 en la Lechera de Burdeos, en la Plaza de Julián Romera 6 (lateral). Para reservar se puede llamar el teléfono 968 21 05 00.