martes, 28 de febrero de 2012

Buñuelos de Naranja.

Una mala planificación me llevó a intentar un postre a altas horas de la madrugada. Cosa que no supondría problema alguno si no fuese porque me faltaba un ingrediente, el principal. Intenté solucionarlo, pero como habitualmente se dice, los inventos en casa y con gaseosa. Y la verdad es que no salió nada mal. Más bien todo lo contrario, pero no para llevar a casa ajena. El día siguiente, con la cabeza más despejada, me di cuenta que apenas tenía unas horas y ningún postre preparado, habiéndome comprometido a llevar uno. El tiempo pasaba y había que tomar una decisión que vino de la consulta de los blogs que sigo habitualmente. Y de todos ellos, fue en el blog Comoju donde vi la receta que me haría salir del problema de una manera rápida y efectiva. La solución fue estos buñuelos de naranja que nunca había probado y creo que volveré a hacer más pronto que tarde.

Los Ingredientes.


1 Naranja.

200 grs. de Harina de trigo.

1 Yogurt (He usado uno de macedonia).

3 Huevos.

Azúcar.

Sal.

Levadura.

Aceite.

La Faena.

Por ser la primera vez, he seguido paso a paso el blog de Comoju. Lo primero es coger la naranja lavada y la pelamos intentando evitar la parte blanca. Otra opción es rallar la piel de la naranja. Trituramos la piel con el resto de la naranja, limpiando las partes blancas y quitando los huesos si los hubiera. Si usamos la Thermomix, vel. 5-7-9 progresivo.
Mezclamos con el resto de los ingredientes, los huevos, el yogurt, una cucharada de aceite y una pizca de sal (en Th. unos segundos a vel. 6). Por último mezclamos el sobre de levadura con la harina y lo unimos al resto de la masa batiendo hasta homogeneizar (en Th. seguimos en vel. 6)
Ponemos aceite a calentar, y cuando esté muy caliente, nos mojamos en aceite (frío) las manos para trabajar la masa, y vamos formando los buñuelos y a la sartén. Si no queremos mancharnos las manos, podemos echarlos al aceite con una cuchara. Cuando se hinchen y estén lo suficientemente dorados, los retiramos y ponemos sobre un papel absorbente. De ahí a otro plato donde los rebozaremos en bastante azúcar ya que la masa no lleva nada. Los podemos comer templados o fríos, de cualquier manera están riquísimos.
Gracias a esta receta prestada y que ahora haré mía, pude salvar el compromiso de manera sobresaliente.

domingo, 26 de febrero de 2012

Restaurante Julian - Molina de Segura.

Los amantes del teatro en Murcia no lo tenemos nada fácil, aunque esto ahora con la reapertura del Teatro Romea va a cambiar. Pero mientras esto no ocurre y, si no ponen nada interesante en el Teatro Circo, tenemos que desplazarnos buscando obras. La última vez fuimos a Molina de Segura, al Teatro Villa de Molina donde vimos "Se Quieren", con Quique San Francisco y Cristina Gallego, una obra amena y divertida. Después, al igual que hicimos en la última ocasión que habíamos ido a Molina, trás la representación, fuimos a cenar a uno de los locales que participan en la tercera edición de las "cenas de teatro", Lamarimorena que había dejado el listón muy alto. Esta vez el elegido fue el Restaurante Julián, un poco alejado del teatro, pero con facilidad para aparcar. ¿Estaría a la altura?
Al salir del coche notamos el intenso frío. Creo que la noche era una de las más frías del año, si no la más. Cuando entramos en el restaurante, eran pasadas las once, el ambiente no era mucho más cálido que en la calle. Supuse que la gente ya había cenado y en lugar de alargar la sobremesa, decidieron ir a otro sitio. Directos a la mesa reservada. Que diferencia con otros, aquí se comprometieron a hacer las cenas de teatro y lo respetan, a pesar de ser el fin de semana de San Valentín. Lo que tiene la #crisis, como tuitearía alguno. El restaurante era amplio, con distintas estancias y las mesas bien separadas unas de otras. Insisto mucho en esto de las mesas, pero creo que más de un restaurador debería ver la pelicula Barry Lyndon de Kubrick para ver como disponer las mesas en pro de la privacidad. Aunque ni tan claro ni tan calvo.
Con presteza trajeron las bebidas y sin preguntar, la ensalada del menú de teatro. Era de salmón, aguacate y huevas de caviar. El pero estaba en la lechuga. Había cogido el color que toma cuando empieza a oxidarse. Quedaba ensombrecido a pesar del vinagre de Módena. Hay que cuidar todos los detalles. El que tuvieran la ensalada preparada para servir daba una mala imagen, aunque es cierto que a esas horas y por si venía mucha gente del teatro al mismo tiempo, es la mejor manera para no tardar mucho en servir.
El primer plato seguía siendo fijo, tomates verdes fritos, como la película. Un tomate rebozado con salsa de guacamole que estaba delicioso. "De pelicula". No sin razón es el plato estrella. La receta no parecía muy compleja. Habrá que investigar. El vino que pedimos fue un NdQ, Nacido del Quórum. Un vino de tres meses de barrica de la bodega Quórum.
El plato principal era a elegir entre unos tallarines con gambas y verduras al estilo Thai y en el programa ponía un timbal de carrillera con cebolla caramelizada y patatas a lo pobre. Tenía pocas dudas entre los tallarines y la carrillera. Cuando pedimos las carrilleras, nos dijeron que habían cambiado el menú. O mejor dicho, ese plato del menú. La alternativa era un solomillo hojaldrado. Para mi gusto, la salsa estaba un poco fuerte, por lo demás, delicioso. Habían cambiado el menú. Esto nos puede parecer mal, sobre todo si es la primera vez que vamos. Nos podemos quedar con las ganas de probar la carrillera. Pero la idea de cambiar el menú es acertada si pretenden atraer de nuevo a clientes que ya han probado el menú y quieren algo nuevo. No es un disparate pensar que la gente que va al teatro pueda repetir.
El postre también cambiaba. El tiramisú de Té verde era sustituido por una deliciosa tarta de la abuela. Que manía le estoy cogiendo. Sonaba mejor lo del tiramisú. Para terminar un café de flor de Jamaica y la cuenta que, como pedimos más bebidas, iba a subir un poco. A pesar de esto, una cena así por poco más de doce euros, un sabado noche ni en el burguer. Que buenisima idea esta de las cenas de teatro y que buena noche con entretenimiento de todos los sentidos. Que buena combinación gastronomía con cultura.
Para echar el telón decir que el Restaurante Julián está en la plaza de la Cerámica número 6 de Molina de Segura y el teléfono para reservas es el 968 64 22 83.

domingo, 19 de febrero de 2012

Restaurante Auténtico Grana - Murcia.

Ha llegado el viernes por la noche y hasta última hora no hemos decidido salir, así que desempolvamos el tarjetero y a ver donde tienen mesa a estas horas.La primera llamada no obtiene respuesta. Pasando hojas, veo un restaurante relativamente nuevo del que me han hablado, ni bien ni mal, solamente me hablaron de él. Una buena oportunidad para conocer algo nuevo que últimamente estamos de repetición. Llamamos al teléfono móvil de la tarjeta, y un señor me toma nota y me dice que él no está en el Mesón, que va a llamar para realizar la reserva. Cuando llegamos al Mesón del Buen Jamón, antes de entrar vemos que no hay ninguna mesa libre, muy mala señal. Se acerca la camarera y cuando le decimos que teníamos reserva, nos dice que su jefe no les ha dicho nada y que no tenian mesa. Los más oscuros presagios se hacen realidad. Da bastante rabia, llegar a cenar y que la mesa que te habían dicho que tenías reservada no existe, pero da más que te hagan sentir que la culpa es tuya. Luego otro camarero se acercó y nos comentó que la culpa era de su jefe, pero en ningún momento intentaron solucionar el desaguisado. Para colmo, el típico plasta borrachín de mesón que había presenciado la conversación, para animarnos nos dijo que allí era donde mejor se comía de toda Murcia. Eso era recochineo puro, pues no lo pudimos comprobar ni creo que lo sepamos nunca, pues dudo mucho que por propia iniciativa vuelva a intentar ir al Mesón del Buen Jamón. Y encima, el beodo quiso acoplarse. ¡Que mal empezaba la noche!
Pero como no hay mal que por bien no venga, salimos de allí como perros sin dueño viendo donde podríamos cenar y nuestros pasos dieron con este Restaurante, Auténtico Grana. La primera impresión no fue la mejor. Estaba totalmente vacío. Creo que fue la llamativa lámpara hecha con bolígrafos bic. -¡Que equivocados estábamos!- En la barra cohabitaban dos bufandas de equipos de futbol. La del Real Murcia y la del Granada. Creo que por ahí van los tiros del nombre. Cuando subimos al piso superior, vimos que no éramos los únicos que habíamos elegido A.G. como opción para cenar. La escalera, las paredes de la planta baja y la carta estaban diseñadas en el mismo estilo, dibujos con bic. El piso de arriba de un color mostaza perdía toda originalidad.
Subió el propio chef con su acento andaluz a asesorarnos, recomendarnos y explicarnos los platos. En un instante volvió el camarero con las bebidas, un aperitivo que consistía en una tosta de carrillera y con la intención de tomar nota. Para empezar una ensalada de ventresca. Quizás el exceso de vinagre de Módena mataba el sabor de la ventresca de atún. El resultado sin ventresca sería casi el mismo. Después como entrantes unas delicias de verduras, rebozadas y aliñadas con miel de caña. Lástima que casi todo fuera berenjena. De alcachofa, que era lo que mejor estaba, apenas había. Estaba muy bueno como también lo estaba el salmorejo con habitas y foie, aunque no me convenció la mezcla. El salmorejo frío, como debe ser, y las habitas calientes me pereció una atípica combinación. El foie no lo saqué por ningún lado. La combinación no supera al jamón y huevo de toda la vida.
Otro de los entrantes que pedimos, que no fueron pocos, fue queso de cabra con micuit con higos. A capas traían el queso, una compota de arándanos mezclado con los higos, el foie micuit y otra capa de queso caramelizado. No quiero que nadie me mal interprete. Todo lo que habíamos tomado hasta el momento me pareció bastante bueno, y el queso no le iba a la zaga. Pero si es un queso con foie e higos. -¿Por que no dicen que es temporada de frutos del bosque y lo han hecho así?- Lo mismo no soportamos los frutos del bosque. O como pasó, nos dedicamos a investigar donde estaban los higos. Hasta el punto que preguntamos al camarero y enseguida se presentó el chef a darnos la explicación oportuna. Allí no había higo alguno. La decoración verde del plato no era de higo como alguno decía sino una compota de manzana. - ¡Que dios nos conserve el gusto.- También echamos en falta un pan para untar. Y aquí viene uno de los problemas de los locales de dos plantas. Cuando apareció el camarero por la planta ya habíamos acabado el plato y no era necesario. Para dar un buen servicio siempre debería haber un camarero en la planta. Si queríamos agua, pan o cualquier cosa, allí no había nadie para atendernos y eso empobrece el servicio. Creo recordar que algo parecido nos pasó en Lamarimorena.
Solamente quedaban dos entrantes. Habíamos quedado que según fuéramos de hambre, pediríamos una carne al centro, pero nos habló tan bien el chef de la carrillera que no podíamos dejar pasar la oportunidad de probarla. Ya tenemos para escribir un libro sobre las carrilleras en los bares de Murcia. Los entrantes que faltaban eran ambos de huevo. Un huevo con gulas y boniato, muy parecido al que tomamos la última vez que comimos en Lagún. El camarero lo trajo y en la mesa lo troceó y mezcló. Me gustó más con patatas paja que con boniatos a lo pobre. Y por último, los llamados sombreros de patata con chorizo. Un timbal de patatas a lo pobre que ocultaban el chorizo y todo coronado por un huevo a la plancha. Una presentación moderna para unos huevos con chorizo de toda la vida de Dios. Como ellos dicen, cocina innovadora a la par que tradicional. Para muestra, un botón.Todos los entrantes nos gustaron, pero seguramente los hubiesemos disfrutado más si en algún momento hubiesen cambiado los platos, y es que desde la ensalada hasta los huevos, en ningún momento nos los cambiaron. Y con restos de vinagre de Módena, de miel de caña o de queso y foie, los huevos no saben igual.
La famosa carrillera era la misma que nos habían puesto de aperitivo, al venir con una base de paratas y más salsa ganaba bastante. Como casi siempre, la salsa era lo mejor del plato. Estaría deliciosa si no hubiesen millones de granos de pimienta en el plato. El camarero lo justificó como que tenían que dar sabor a la carne, que nadie lo discute. Pero en el emplatado podrían haberla eliminado. El vino que habíamos pedido fue un Hécula 2008, de Yecla, que estaba a muy buen precio y para una cena de picoteo hizo su papel.
Entre que habíamos comido mucho, los postres no nos iban a aportar nada más que calorías gratuitas y últimamente, a la abuela la tienen explotada haciendo todo el día tartas, dejamos los postres para otra ocasión. Las otras opciones eran la de queso que es ya un clásico que puede llegar a aburrir, pan de Calatrava o fruta. Pasamos directamente al café y los chupitos. No nos ofrecieron chupitos y al pedirlos nos dijeron que no tenían. -¿Un restaurante sin chupitos? Lo nunca visto. - Al final nos subió unos chupitos de Whisky que dejó contentos a todos. Al llegar la hora de pagar la cuenta casi me da un infarto. - ¡No cobraron el pan!. Con lo bueno que estaba, tostado y con un poco de aceite. Creo que nos ha ganado. Además el precio estaba dentro de lo normal. Salimos con la idea de volver y recomendarlo muy positivamente, pues aunque el servicio no fue perfecto, lo conpensaban con amabilidad. La comida es buena, está céntrico, comodo, tranquilo, al menos esa noche, y tienen platos de menú por la mañana y ganas de hacer cosas nuevas. La relación calidad precio es bastante alta.
Al salir, una de las columnas no la tenían decorada, sino que estaba destinada a dedicatorias y aprovechamos para dejar constancia de nuestro paso por Auténtico Grana. Salimos de muy buen humor, ya nadie se acordaba del mesón donde seguramente hubiesemos comido peor y más caro.
Auténtico Grana está en la calle Laredo número 6 de Murcia, a un paso de la plaza Mayor y su teléfono de contacto es el 968 93 11 23.

miércoles, 15 de febrero de 2012

En busca de un menú de cuchara.

Creo que la mayoría de los hombres, llegados a un punto de su vida, se dan cuenta que cada vez se parecen más a su padre. Para lo bueno y para lo malo, nos vamos dando cuenta que de manera inconsciente hacemos gestos, pensamos o reaccionamos de la misma forma en que lo haría nuestro progenitor. - ¿No puedes hacer a las siete de la tarde lo que haces a las doce de la noche? - Cuanta razón guardan estas palabras. Pero en lo que más me voy pareciendo a mi padre, es en el gusto por los platos de cuchara. Hace años pensaba que el pobre hombre padecía un problema neuronal cuando con toda tranquilidad decía: "antes que un entrecot, prefiero un plato de alubias con chorizo". Hoy años después, no solo entiendo su postura sino que la comparto al doscientos por cien.
La pasada semana quedé con aquellos amigos a los que veía de uvas a peras. La nostalgia navideña nos hizo comprometernos a intentar quedar al menos una vez al mes y el primer mes lo conseguimos con un éxito del noventa por cien. Para la primera ocasión la idea era clara. Un menú low cost de comida clásica. Aunque parece ser que o bien era solo mi idea o no todos se enteraron de estos datos. El restaurante al que fuimos fue San Lorenzo 5. Ya conocido y al que casualmente esta semana han criticado en la anterior entrada por un tema de bonos. La diferencia con las otras visitas estaba en la hora, comida en lugar de cena y un condicionante, ir a menú. No es fácil encontrar información por la red sobre los menús diarios que ofrecen los restaurantes a la hora de la comida.
Mientras llegaba el resto del grupo, esta vez sí que fui el primero, hicimos tiempo con una cerveza acompañada por longaniza seca y cacahuetes en la barra . Teníamos  reserva e  íbamos bien recomendados, aun Chef y Chof no tiene el prestigio que le abra puertas por si sola, aunque la soledad del local me indicó que no había sido necesario. Nos pusieron en la misma mesa de la última vez, espaciosa, cómoda, con luz natural y cierta intimidad. Seguíamos haciendo tiempo pues algunos se retrasaban más de la cuenta, aunque habían advertido. Los camareros tuvieron el detalle de traer dos platos de aperitivo, una ración de migas y un plato de arroz. Ambos estaban en el menú, pero a pesar de lo bueno que estaban, una vez probados me aclaraba las dudas de mi primera decisión.
Cuando estábamos ya todos, vino la camarera a tomar nota. El primero era a elegir entre las migas, el arroz, una ensalada o un gazpacho manchego. Había probado ya las migas y el arroz. Entre la ensalada y el gazpacho no lo dude ni un segundo. Gazpacho, por supuesto. El gazpacho ganó por seis a dos a la ensalada. Si, tengo que admitir que seguí en la misma mesa que dos personas que prefirieron una ensalada corriente y moliente al gazpacho, y no por enfermedad. Les cayeron pocas. El gazpacho estaba delicioso, un poco caldoso, pero era de agradecer pues queríamos seguir comiendo y muy denso podría haber acabado con nuestra voracidad. No se si porque hacía mucho tiempo que no tomaba un plato de gazpacho o por qué, pero disfruté de lo lindo con cada cucharada.
En esas estábamos, disfrutando del gazpacho, y empezó a derivar la conversación hacia la necesidad de repetir estas reuniones más a menudo y en torno a un plato y una cuchara, institucionalizarlas. Hay que ver las cosas que se dicen delante de un buen plato de cuchara regado con un buen vino. Y sin el plato también. Creo que hay alguien que ya esta elaborando las constituciones de la sociedad gastronómica.
Los segundos también eran a elegir entre atún a la espalda, lenguado en salsa verde o un steak tartare. Aquí la cosa estuvo más equilibrada, menos uno de los ensaladeros que se desmarcó con un entrecot. - Ese tío no puede pertenecer a nuestro club.- Sería el calvo en un club de peludos. - Yo me decante por la carne. La presentación del tartare me gustó mucho. En un plato venía la carne con un poco de cebollas picada, cubierta por una yema de huevo y en otro bien separados, ingredientes muy picados para prepararlo a nuestro gusto. Yema y clara cocida, cebolleta, alcaparras y pepinillos. La carne era buena, y lo habíamos medio cocinado nosotros. Nadie se autocriticó. Del atún diré que en lugar de traerlo a la espalda, lo trajeron con salsa verde. -Falta leve.- A pesar de que el trozo era importante, no quedó en ningún plato. Al del entrecot, por esquirol nadie le preguntó y nadie pidió el lenguado. 
Llegando a los postres, en el menú entraban los típicos de la carta, la tarta de la abuela, la tarta de queso y la de moca. Recordaba de mi anterior visita que tanto el de la abuela como el de moca estaban ricos, ricos. Y no me falló la memoria, pues me decidí por el de moca y creo que no fallé. El que sí que falló fue el esquirol. que no quiso postre y le medio obligaron a pedir una pieza de fruta, ciruela, que encima ni es temporada. Los más golosos le hubiésemos dicho que pidiera el que quisiera, que nosotros daríamos buena cuenta de él.
Café y una copita de orujo para una sobremesa de la que no todos pudieron disfrutar y la cuenta. La taza de mi café, no solo traía la bebida, sino que el plato estaba decorado con las primeras estrofas de Garota de Ipanema. Son detalles insignificantes que provocan buenas sensaciones y originan conversaciones. El menú era 12 euros más IVA, pero se nos subió ligeramente al pedir más bebida. Es de justicia decir que si bien es cierto que el mal servicio de la anterior visita a San Lorenzo 5 casi consiguió estropearnos la velada, en esta ocasión fue el esperado en este tipo de sitios y un poco mejor. Igual que la otra vez critiqué lo que en mi opinión no era lo correcto, aprovecho para dar las gracias por tan buen rato que pasamos. No creo que vuelva a pasar un año para volver. Es más, seguiré los guisos que hacen para volver a convocar nuestra incipiente sociedad gastronómica y disfrutar como este día. Aunque esta vez seamos uno menos.

lunes, 13 de febrero de 2012

Restaurante Ginkgo Biloba - Murcia.

Con este original nombre abrió sus puertas, eléctricas, el restaurante-tapería de la calle Sancho de Murcia. El nombre de Ginkgo Biloba hace referencia a un peculiar árbol de hoja caduca. Considerado una rara avis del mundo floral pues es el único miembro de su clase y es considerado un fósil viviente. En cuanto al restaurante, también lo podría considerar una rara avis. 
A la hora de hacer una valoración del restaurante, no tengo claro el grado de satisfacción que me provocó este restaurante, y cuanto más lo pienso va a peor la cosa. Fuimos a cenar un viernes por la noche. Como me habían hablado tan bien de este bar de vinos y tapas, convencí a un grupo de personas para ir a cenar. Éramos seis y para no tener problemas intenté reservar desde las siete de la tarde. No hubo manera. A las nueve y cuarto conseguí que me cogieran el teléfono y para mi decepción me dijeron que no reservaban, solamente grupos de ocho personas o más y con menú cerrado. Me comprometí en llegar en media hora y pedí el favor de que me guardaran una mesa para seis. - Que si quieres  arroz Catalina. - El simpático telefonista me dio calabazas. 
Llegamos allí en el tiempo estimado, a pesar de que por el camino nos intentaron convencer de entrar en otros locales, a lo que nos negamos. Nos dijeron que en breve nos podrían dar mesa y decidimos esperar. -¿Por que?- Como he dicho, nos habían hablado bastante bien del bar y a esas horas y con el frío que hacía en la calle, no apetecía mucho buscar donde ir a cenar. Mientras esperábamos nos pedimos una copa de vino. En la barra tenían unas botellas de El Pícaro de Toro del grupo Vintae, y no dudé en pedirlo. En cuanto al bar, creo que no he visto en toda mi vida un local donde se hayan gastado menos en decoración. Decir que la luz era tenue, es mucho decir. En semioscuridad nos sentaron en una mesa frente a la puerta eléctrica. El mobiliario debía ser del Makro, como mucho. Si tienes sillas de plástico, cinco de un tipo y otra totalmente distinta, o es un cumpleaños del peque-park y hay un homenajeado, o tu infraestructura hace aguas. En seguida, la mesa de al lado se quedó libre y pedí que nos cambiaran para no estar en el tiro de la puerta que cada vez que alguien pasaba junto a ella, o iba a fumar, de manera autómata se abría y nosotros nos helábamos. - Que si quieres arroz, Catalina. - Ese debió de ser el camarero que nos dio calabazas por teléfono.
Puede ocurrir, que lo que han ahorrado en muebles, lo hayan invertido en cocina, veremos. En la carta dominaban las tapas, aunque cuando llegó el camarero a tomar nota nos advirtió que tenían cosas que no salían en la carta y otras que salían que no quedaban. Que rabia me da cuando vas a un restaurante con la idea de pedir algo concreto y te dicen que no queda. Dan ganas de levantarme e irme por donde he venido.
Buscando el teléfono para reservar, las distintas opiniones hablaban muy bien de las papas Biloba, y fue lo primero que pedimos. Las describían como unas patatas fritas, en dados con salsas de cuatro quesos, de setas y de mostaza. Y eran así, pero no había una clara separación entre salsa y salsa. Y menos con esa luz. Un plato que gustó pero no supimos, ni pudimos diferenciar bien donde estaba cada salsa. Los que no quieren ver el queso ni en pintura, las probaron como quien juega a la ruleta rusa. Creo que tienen que perfeccionar la idea o separar las salsas. Después unos volavants o volovanes de boletus y gambas. Unos volovanes del Makro o de Mercadona rellenos de gambas con setas cubiertas de jamón. Pegan más en un catering que en una tapería. Ricas pero poco trabajadas, como la tartaleta de foie y pistacho. La base era demasiado industrial y vasta en mi opinión. Mucha galleta que empequeñecía el foie. Totalmente prescindible. También pedimos unas tostas de frambuesa y queso de cabra que estaba bastante bueno. Para terminar con los entrantes, unos raviolis de Foie sazonados con sal negra. De todos los entrantes, quizás los dos últimos fueron los mejores.
Los principales los pedimos al centro. Un original cordero asado con manitas de cerdo. Una curiosa mezcla que complementaban a la vez que diluían los sabores, el cordero quedaba enmascarado por las manitas. Además resultó un poco contundente para la hora que era, quizás al mediodía. El otro plato que pedimos, fue un guiso de carrillera del que dejamos el plato tan limpio como cuando salió del lavavajillas. Un buen colofón para la gélida cena que nos estaba dando la puerta y los fumadores con sus idas y venidas.

Llegamos a los postres deseando salir de allí, pues aunque tenían la bomba de calor puesta, hacía casi más frió en nuestra mesa que fuera. No dejé de acordarme en toda la noche del camarero que hizo caso omiso a mis suplicas de cambiar de mesa. Muy educado, pero, si quieres arroz.... Y arroz no queríamos, pero pedimos una torrija caramelizada hecha de pan de molde, demasiado empapada para mi gusto y caramelizada una vez frita. Y un canutillo de Idiazabal que mezclado con las nueces de Macadamia que acompañaban superaba con creces a la torrija. Un café bien calentito y la cuenta, que debe haber en Murcia algún sitio donde no se pase tanto frío.
Creo que de la experiencia en Ginkgo Biloba me quedo con la salsa de la carrillera, el Pícaro que entraba a las mil maravillas con esas temperaturas y el canutillo de Idiazabal. El precio fue lo esperado. No fue elevado, pero también es cierto que casi todo fue tapeo. Les recomendaría, si sirviera para algo, que mejoraran la iluminación para ver el color de las cosas que comemos, aunque para ello tengan que mejorar la pobre decoración y el mobiliario del local. Y si no quieren entrar en peligro de extinción como el árbol del que llevan el nombre, que traten con más mano izquierda a sus clientes, que taperías como esta hay muchas y clientes cada vez menos.
El bar de vinos y tapas Ginkgo Biloba está en la calle Sancho número 5 de Murcia, junto a la puerta de la barra del Rincón de Pepe, detrás del Casino. Y su teléfono para reservar, si cumplís sus condiciones es el 637268188.


viernes, 10 de febrero de 2012

Segundas partes sí que pueden ser buenas.

Hay días en los que todo sale mal. Las cosas se tuercen desde el primer momento y van marcando el día hasta que llegamos a media tarde deseando que llegue la noche, meternos en la cama y dormir hasta la mañana siguiente y la normalidad. Pero también hay otros días en los que las cosas salen bien, aunque les damos tintes de normalidad, pero al llegar la noche y hacemos balance, nos damos cuenta de lo positivo del día, aunque no siempre lo hacemos. Es una lástima que muchas veces no sepamos valorar estos días de la misma manera que lo hacemos los negativos. Y esta reflexión viene a cuento tras algunos dias de experiencias de este tipo, donde la comida ha estado muy relacionada con este bienestar.

La primera de ellas fue en el Cuentavinos, donde en una comida memorable, José nos situó en el Sanctasanctórum, un verdadero lujo donde pudimos disfrutar en la más absoluta privacidad, de las delicatessen que nos fue sirviendo a su libre albedrío. Antes nos había recibido en la barra, para mientras hacían tiempo, esta vez fui yo el último, pudieran tomar una cervezas.
En cuanto a lo estrictamente culinario, aunque comimos de maravilla, hubo varios de los platos que nos trajo, de los que ya había probado en mi anterior visita, y otros como el jamón ibérico que como la cerveza, donde va, triunfa.
Ya sentados y con las copas llenas de un Ribera, Carmelo Rodero, comparable según José al Pago de Carrovejas, aunque no en precio, empezó con los entrantes, una ensalada de pimientos con anchoas, aunque no presentada en timbal, como nos venimos encontrando últimamente. Una buena forma de romper el hielo. La idea era tomar una serie de entrantes al centro y terminar con un principal no muy contundente. Enseguida unas minipizas y casi sin terminar de masticar, trajo un pulpo aliñado con aceite, pimentón y sal negra. Hasta el momento todo estaba delicioso. Después como en nuestra anterior visita, vino un plato combinado con un atún marinado, yemas de espárragos blancos de un grosor importante, unas alcachofas en conserva y un pastel creo recordar que de cabracho. Digo creo recordar pues al probarlo, no me pareció nada apetecible y deje de prestar atención y e indagar por lo que era.
Como el día era bastante frío, nos ofrecieron una sopa de cebolla que aceptamos de buen grado, e hicimos bien. Y como último entrante un plato de jamón ibérico acompañado de pan recien tostado. La cosa ya no prometía, el éxito estaba casi garantizado. El Carmelo Rodero se había terminado y nos sorprendió con un vino del Bierzo, Pittacum Aurea de 2005 de uva Mencía. Un muy buen vino que no conocíamos y reconozco que nunca hubiese pedido. El plato principal fue una carrillera de ternera que se deshacía en la boca, pero quedó eclipsada por la sopa de cebolla.
Llegamos a los postres y trajo platos individuales con dos porciones de tarta cada una, cosa que es de agradecer. De los postres al centro que trajo la última vez, la tarta de la abuela muy recomendable. Como el cuerpo me pedía más dulce, pedí repetir y sin problema. Después trajo una cajita de chocolatinas de Amatller para acompañar a un sorprendente vino de naranja.  Café, asiático por supuesto y un gintonic que junto a una buena conversación de sobremesa, cerraron la comida casi a la hora de la cena.
Siempre que he tenido la ocasión de hacer algo con el Cuentavinos por algún motivo me ha conseguido sorprender con algo. En esta ocasión, a pesar de lo bueno de la sopa de cebolla, los sorprendentes vinos y los dulcisimos postres, en mi memoria queda el dulce vino de naranja. Todo un descubrimiento que a buen seguro no será simple anecdota. También quiero agradecer al Sr. J.R. por invitarme a este tipo de comidas que organizó.