miércoles, 15 de febrero de 2012

En busca de un menú de cuchara.

Creo que la mayoría de los hombres, llegados a un punto de su vida, se dan cuenta que cada vez se parecen más a su padre. Para lo bueno y para lo malo, nos vamos dando cuenta que de manera inconsciente hacemos gestos, pensamos o reaccionamos de la misma forma en que lo haría nuestro progenitor. - ¿No puedes hacer a las siete de la tarde lo que haces a las doce de la noche? - Cuanta razón guardan estas palabras. Pero en lo que más me voy pareciendo a mi padre, es en el gusto por los platos de cuchara. Hace años pensaba que el pobre hombre padecía un problema neuronal cuando con toda tranquilidad decía: "antes que un entrecot, prefiero un plato de alubias con chorizo". Hoy años después, no solo entiendo su postura sino que la comparto al doscientos por cien.
La pasada semana quedé con aquellos amigos a los que veía de uvas a peras. La nostalgia navideña nos hizo comprometernos a intentar quedar al menos una vez al mes y el primer mes lo conseguimos con un éxito del noventa por cien. Para la primera ocasión la idea era clara. Un menú low cost de comida clásica. Aunque parece ser que o bien era solo mi idea o no todos se enteraron de estos datos. El restaurante al que fuimos fue San Lorenzo 5. Ya conocido y al que casualmente esta semana han criticado en la anterior entrada por un tema de bonos. La diferencia con las otras visitas estaba en la hora, comida en lugar de cena y un condicionante, ir a menú. No es fácil encontrar información por la red sobre los menús diarios que ofrecen los restaurantes a la hora de la comida.
Mientras llegaba el resto del grupo, esta vez sí que fui el primero, hicimos tiempo con una cerveza acompañada por longaniza seca y cacahuetes en la barra . Teníamos  reserva e  íbamos bien recomendados, aun Chef y Chof no tiene el prestigio que le abra puertas por si sola, aunque la soledad del local me indicó que no había sido necesario. Nos pusieron en la misma mesa de la última vez, espaciosa, cómoda, con luz natural y cierta intimidad. Seguíamos haciendo tiempo pues algunos se retrasaban más de la cuenta, aunque habían advertido. Los camareros tuvieron el detalle de traer dos platos de aperitivo, una ración de migas y un plato de arroz. Ambos estaban en el menú, pero a pesar de lo bueno que estaban, una vez probados me aclaraba las dudas de mi primera decisión.
Cuando estábamos ya todos, vino la camarera a tomar nota. El primero era a elegir entre las migas, el arroz, una ensalada o un gazpacho manchego. Había probado ya las migas y el arroz. Entre la ensalada y el gazpacho no lo dude ni un segundo. Gazpacho, por supuesto. El gazpacho ganó por seis a dos a la ensalada. Si, tengo que admitir que seguí en la misma mesa que dos personas que prefirieron una ensalada corriente y moliente al gazpacho, y no por enfermedad. Les cayeron pocas. El gazpacho estaba delicioso, un poco caldoso, pero era de agradecer pues queríamos seguir comiendo y muy denso podría haber acabado con nuestra voracidad. No se si porque hacía mucho tiempo que no tomaba un plato de gazpacho o por qué, pero disfruté de lo lindo con cada cucharada.
En esas estábamos, disfrutando del gazpacho, y empezó a derivar la conversación hacia la necesidad de repetir estas reuniones más a menudo y en torno a un plato y una cuchara, institucionalizarlas. Hay que ver las cosas que se dicen delante de un buen plato de cuchara regado con un buen vino. Y sin el plato también. Creo que hay alguien que ya esta elaborando las constituciones de la sociedad gastronómica.
Los segundos también eran a elegir entre atún a la espalda, lenguado en salsa verde o un steak tartare. Aquí la cosa estuvo más equilibrada, menos uno de los ensaladeros que se desmarcó con un entrecot. - Ese tío no puede pertenecer a nuestro club.- Sería el calvo en un club de peludos. - Yo me decante por la carne. La presentación del tartare me gustó mucho. En un plato venía la carne con un poco de cebollas picada, cubierta por una yema de huevo y en otro bien separados, ingredientes muy picados para prepararlo a nuestro gusto. Yema y clara cocida, cebolleta, alcaparras y pepinillos. La carne era buena, y lo habíamos medio cocinado nosotros. Nadie se autocriticó. Del atún diré que en lugar de traerlo a la espalda, lo trajeron con salsa verde. -Falta leve.- A pesar de que el trozo era importante, no quedó en ningún plato. Al del entrecot, por esquirol nadie le preguntó y nadie pidió el lenguado. 
Llegando a los postres, en el menú entraban los típicos de la carta, la tarta de la abuela, la tarta de queso y la de moca. Recordaba de mi anterior visita que tanto el de la abuela como el de moca estaban ricos, ricos. Y no me falló la memoria, pues me decidí por el de moca y creo que no fallé. El que sí que falló fue el esquirol. que no quiso postre y le medio obligaron a pedir una pieza de fruta, ciruela, que encima ni es temporada. Los más golosos le hubiésemos dicho que pidiera el que quisiera, que nosotros daríamos buena cuenta de él.
Café y una copita de orujo para una sobremesa de la que no todos pudieron disfrutar y la cuenta. La taza de mi café, no solo traía la bebida, sino que el plato estaba decorado con las primeras estrofas de Garota de Ipanema. Son detalles insignificantes que provocan buenas sensaciones y originan conversaciones. El menú era 12 euros más IVA, pero se nos subió ligeramente al pedir más bebida. Es de justicia decir que si bien es cierto que el mal servicio de la anterior visita a San Lorenzo 5 casi consiguió estropearnos la velada, en esta ocasión fue el esperado en este tipo de sitios y un poco mejor. Igual que la otra vez critiqué lo que en mi opinión no era lo correcto, aprovecho para dar las gracias por tan buen rato que pasamos. No creo que vuelva a pasar un año para volver. Es más, seguiré los guisos que hacen para volver a convocar nuestra incipiente sociedad gastronómica y disfrutar como este día. Aunque esta vez seamos uno menos.

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