viernes, 10 de febrero de 2012

Segundas partes sí que pueden ser buenas.

Hay días en los que todo sale mal. Las cosas se tuercen desde el primer momento y van marcando el día hasta que llegamos a media tarde deseando que llegue la noche, meternos en la cama y dormir hasta la mañana siguiente y la normalidad. Pero también hay otros días en los que las cosas salen bien, aunque les damos tintes de normalidad, pero al llegar la noche y hacemos balance, nos damos cuenta de lo positivo del día, aunque no siempre lo hacemos. Es una lástima que muchas veces no sepamos valorar estos días de la misma manera que lo hacemos los negativos. Y esta reflexión viene a cuento tras algunos dias de experiencias de este tipo, donde la comida ha estado muy relacionada con este bienestar.

La primera de ellas fue en el Cuentavinos, donde en una comida memorable, José nos situó en el Sanctasanctórum, un verdadero lujo donde pudimos disfrutar en la más absoluta privacidad, de las delicatessen que nos fue sirviendo a su libre albedrío. Antes nos había recibido en la barra, para mientras hacían tiempo, esta vez fui yo el último, pudieran tomar una cervezas.
En cuanto a lo estrictamente culinario, aunque comimos de maravilla, hubo varios de los platos que nos trajo, de los que ya había probado en mi anterior visita, y otros como el jamón ibérico que como la cerveza, donde va, triunfa.
Ya sentados y con las copas llenas de un Ribera, Carmelo Rodero, comparable según José al Pago de Carrovejas, aunque no en precio, empezó con los entrantes, una ensalada de pimientos con anchoas, aunque no presentada en timbal, como nos venimos encontrando últimamente. Una buena forma de romper el hielo. La idea era tomar una serie de entrantes al centro y terminar con un principal no muy contundente. Enseguida unas minipizas y casi sin terminar de masticar, trajo un pulpo aliñado con aceite, pimentón y sal negra. Hasta el momento todo estaba delicioso. Después como en nuestra anterior visita, vino un plato combinado con un atún marinado, yemas de espárragos blancos de un grosor importante, unas alcachofas en conserva y un pastel creo recordar que de cabracho. Digo creo recordar pues al probarlo, no me pareció nada apetecible y deje de prestar atención y e indagar por lo que era.
Como el día era bastante frío, nos ofrecieron una sopa de cebolla que aceptamos de buen grado, e hicimos bien. Y como último entrante un plato de jamón ibérico acompañado de pan recien tostado. La cosa ya no prometía, el éxito estaba casi garantizado. El Carmelo Rodero se había terminado y nos sorprendió con un vino del Bierzo, Pittacum Aurea de 2005 de uva Mencía. Un muy buen vino que no conocíamos y reconozco que nunca hubiese pedido. El plato principal fue una carrillera de ternera que se deshacía en la boca, pero quedó eclipsada por la sopa de cebolla.
Llegamos a los postres y trajo platos individuales con dos porciones de tarta cada una, cosa que es de agradecer. De los postres al centro que trajo la última vez, la tarta de la abuela muy recomendable. Como el cuerpo me pedía más dulce, pedí repetir y sin problema. Después trajo una cajita de chocolatinas de Amatller para acompañar a un sorprendente vino de naranja.  Café, asiático por supuesto y un gintonic que junto a una buena conversación de sobremesa, cerraron la comida casi a la hora de la cena.
Siempre que he tenido la ocasión de hacer algo con el Cuentavinos por algún motivo me ha conseguido sorprender con algo. En esta ocasión, a pesar de lo bueno de la sopa de cebolla, los sorprendentes vinos y los dulcisimos postres, en mi memoria queda el dulce vino de naranja. Todo un descubrimiento que a buen seguro no será simple anecdota. También quiero agradecer al Sr. J.R. por invitarme a este tipo de comidas que organizó.
 

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