viernes, 20 de julio de 2012

Restaurante La Fresca** - Cabo de Palos (Cartagena).


Un día cualquiera, creo recordar que era miércoles, bueno, seguro que era miércoles. Por la tarde, tirado en la tumbona de la piscina, sin mucho que hacer, surge la posibilidad de salir a cenar. No hace mucho que cenamos fuera, pero el verano pide salidas y si son espontáneas mejor. -¡Ellos proponen, ellos deciden! – Y la propuesta fue el Restaurante La Fresca de Cabo de Palos. En un principio fue una decisión que no me gusto en demasía. No tengo nada en contra de ellos, ni lo tenía, pero de algún lugar remoto de mi subconsciente salió una señal negativa, procedente de alguna conversación perdida de años atrás.  Alguien me comentó que era un restaurante bastante caro y no tenía una cocina acorde con ese precio. Pero si el plan propuesto era éste, teníamos dos opciones y optamos por tomar las lentejas.
Llegamos a la puerta del Restaurante que esta situado en un pequeño centro de ocio y cosa extraña en Cabo de Palos, había bastante sitio donde aparcar en lo que creíamos que era la puerta. Luego tuvimos que bordear todo el complejo para localizar las escaleras de acceso. Una vez en la planta superior, la terraza, atravesamos varios locales de copas desiertos y llegamos a la recepción del Restaurante donde un grupo de camareros, maître, y gente que pasaba por allí nos atendieron y uno de ellos, nos acompañó a la mesa que solicitamos. El establecimiento estaba poco menos que desierto y nos ubicaron en la mesa que ellos creían mejor. La mesa para seis era céntrica, iluminada en un ambiente tenue y frente a una de las pantallas gigantes donde proyectaban videos de la naturaleza acompañados de una música relajante que creaba un ambiente extraordinario. A esta situación óptima se sumó la noche, que cobra especial protagonismo, cuando los factores climatológicos influyen de manera directa en el ambiente. Este pequeño paraíso se puede convertir en un gran infierno al carecer de una buena cobertura y dejar a los clientes expuestos a los elementos de la naturaleza. Cosa que no pasó.
Tomamos posesión de la mesa y para no variar, fuimos los primeros en llegar. No se si somos los más puntuales o los que más ganas tenemos de salir, pero la cuestión es que estábamos allí esperando al resto del grupo, bien acompañados de las bebidas y unas aceitunas para picar. A penas habían pasado unos segundos desde que nos sentamos hasta que teníamos las bebidas y en ese pequeño espacio de tiempo, dos simpáticas  camareras ya se habían ofrecido a ayudarnos. No habíamos dado más que un par de tragos a las bebidas cuando llegó el resto del grupo que fue atendido con la misma presteza. Con sus bebidas trajeron las cartas. Muy monas, encuadernadas en abanico, como si fuera el catálogo de colores de una marca de pintura, pero muy poco manejables. La contraportada es igual que la portada y a un despistado o, a  algún zurdo puede quedarse viendo solamente hojas en blanco. Tampoco es fácil ver todos los platos de un solo vistazo, y cuando hemos terminado una primera lectura rápida, tenemos que volver atrás a buscar eso que nos da la impresión que nos iba a gustar. - ¡Muy poco prácticas las cartas!
Después de darle varias vueltas hacia delante, detrás, del derecho y del revés, tuvimos claro lo que íbamos a pedir y pedimos, bien asesorados por la camarera. Nos trajeron el aperitivo de la casa, un  llamativo Bloody Mary de remolacha con un berberecho. Quizás por la hora, quizás por que me deje el coctel a mitad y el estómago me rugía, la espera hasta que llegaron los entrantes se me hizo un poco larga. Trajeron el primero, unos nachos de chili con carne a su manera, estilo La Fresca, como había advertido la camarera, era abundantes y llenaban, pero al fin y al cabo eran unos nachos de bolsa. Los dos siguientes entrantes si consiguieron dar un giro a la situación. El tartar de atún acompañado de un puré de mojete murciano congelado estaba delicioso. Así como la salsa de foie de los raviolis rellenos de carne bastante bien lograda, aunque tengo mis dudas a cerca de la autoría de dicha salsa. Esto no fue impedimento para que no dejáramos nada en nuestros platos.
Con los platos principales, que fueron al centro, pedimos una botella de vino. Seleccionamos un Ribera, el Krel, de 2009 con doce meses de barrica. La elección no fue ni más ni menos que por puro márquetin. La etiqueta con forma de búho fue la que nos llamó más la atención, más que la de otros vinos, muchos de los cuales ya conocíamos. Yo de principal, me pedí unos tacos de atún que venía marcados en la plancha y acompañados de un pisto. Le faltaba un poco de sal que pedimos y nos trajeron enseguida unos cuencos con sal Maldom que consiguieron mejorar el plato. Uno de los tres tacos, el más grande venía rebozado en semillas de amapola que destrozaron totalmente el sabor del atún. Hay veces que el cocinero, en su interés por decorar el plato, lo acaba destrozando. Y esta fue una de esas ocasiones. También se pidieron unas costillas a la barbacoa de las que comentaron que estaban buenas, pero no mejores que las del Foster Hollywood. - Esto no se si es bueno o malo, pero si que es cierto. – Un magret de pato, que más parecía de avestruz y un lomo alto que repasando la cuenta veo que se olvidaron en cobrar.
En los postres se perdía gran parte de la originalidad de la carta. La tarta de queso que quien la pidió, la quiso bañada con chocolate., estaba deliciosa. Para mi gusto, el chocolate anulaba el sabor de la tarta de queso. Aunque para gustos, los colores. Yo pedí un coulant con helado de mandarina. Que sin ser el mejor que he tomado en mi vida, pasaba el expediente, sobre todo para los amantes de las avalanchas de chocolate. Un detalle, quizás inducido por nosotros, fue que, de manera incomprensible, me trajeron el café antes que el coulant. Digo inducido, pues uno de los comensales que no quería postre, pidió que trajeran su café a la vez que los postres. Finalizados los cafés y los postres, preguntaron si tomaríamos una copa y nos informa, la simpatiquísima camarera, de un espectáculo erótico-festivo que se iba a celebrar en uno de los bares de copas que atravesamos el entrar, Mamaluna, perteneciente a los eventos temáticos de los miercoles. Al pedir un mojito nos informaron que posiblemente no habría esa posibilidad. Y efectivamente, a los minutos vino la camarera diciéndonos que los mojitos lo hacía un “mojitero” que solamente venía los jueves y fines de semana y no podía ser. También nos comunicó, reculando, que desde la dirección le habían informado de lo inadecuado de nuestra presencia en el espectáculo, ya que el stand de picardías y juguetes eróticos era más ordinario de lo esperado y quizás gente de "nuestra condición" sacaría una mala impresión de todo aquello. Nos tomamos los “tonic & gin” y pedimos la cuenta mientras disfrutábamos de una gratísima sobremesa de buena conversación donde no podía ser de otra manera salió el tema de Arturo Pérez Reverte. Además, al ser el restaurante todo terraza, había la posibilidad de fumar, oportunidad que no perdieron las fumadoras. Cuando vino la cuenta, el precio no nos pareció demasiado elevado. Una vez más mi subconsciente me había traicionado. Menos mal que no le suelo hacer mucho caso. Hoy al hacer esta entrada y repasar la cuenta, comprendo el por qué. Se les olvidó cobrarnos el plato de carne que he dicho antes, la botella de vino y un par de copas de vino blanco.  Me gustaría pensar que es por ser los clientes un millón, pero creo que simplemente fue negligencia que tendremos que subsanar la próxima vez que volvamos a ir. - Al final mi subconsciente tenía un poquito de razón.
Para ir concluyendo esta larga entrada, una vez más quiero hacer un apartado al servicio, que sin lo que diríamos perfectos profesionales al uso, sus mínimas carencias las suplieron con simpatía y ganas de agradar. El Restaurante La Fresca**, esta en la calle de las Triolas, en el centro comercial Mercadona de Cabo de Palos y su teléfono para reservas, es el 670 39 35 39 o 968 56 32 01. 


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