miércoles, 17 de abril de 2013

Restaurante De Loreto. - Jumilla (Murcia).



En esta entrada os propongo un viaje en el tiempo, o al menos, a un estudio de televisión donde estén rodando una serie de época tipo Fortunata y Jacinta. Entrar en el restaurante De Loreto, supone remontarnos a finales del siglo XIX, a una casa burguesa del casco antiguo de Jumilla restaurado con mucho gusto y respeto por mantener las distintas dependencias tal y como debieron de ser en su origen. Simplemente han cambiado el mobiliario adoptándolo al negocio que actualmente les ocupa. Llegamos al restaurante después de una visita a la bodega Viña Elena, y nada más entrar, nos encontramos un amplio e iluminado distribuidor, de suelos de mármol blanco y decoración geométrica, desde donde el maître nos condujo al comedor donde se encontraba nuestra mesa. Por las dimensiones de las dependencias y por el número de comensales, tuvimos la suerte de disfrutar de un comedor privado presidido por una chimenea de época que debería haber calentado en más de una ocasión la estancia en las frías noches de invierno jumillano. Sobre la chimenea un espejo que refleja y amplía la sala de paredes empapeladas con motivos florales respetando la estética novecentista. Aunque de manera temporal, cuelgan cuadros del pintor jumillano Esmagi que dan aire fresco a la estancia, sin romper con el estilo de la casa. El espejo envejecido, está franqueado por dos candelabros que ayudan a crear ese ambiente decimonónico del que deberían estar orgullosos. Una amplio ventanal ayuda a iluminar la sala a la una lámpara vintage que cuelga del alto techo desde una moldura policromada de motivos florales, a la vez que permite disfrutar de la visión del patio de la casa.  
Antes de seguir y sin entrar en lo que comimos, que fue mucho y bueno, quiero felicitar al culpable de tan fantástico día y a su señora por habernos permitido comer y sentirnos como verdaderos Reyes. Y hecho este pequeño inciso-homenaje, vamos a lo que nos ha traído hasta aquí, que es conocer que es lo que comimos y que nos dejamos para la próxima visita.
Dentro de la creativa oferta gastronómica que sale de la cocina de Irene López, nuestros anfitriones optan por un sencillo pero completo menú picoteo. Dejando en la recámara una sorpresa que no por ser esperada, dejaba de ser sorprendente. El menú comienza con una ensalada al humor de la cocinera. Y las veces que hemos visto a ésta, siempre está de muy buen humor. La ensalada lechugas variadas, con queso de cabra a la plancha, tomates cherry, nueces, pasas al moscatel, quenelles de membrillo y vinagreta de vino, jumillano supongo, no es una mala manera de comenzar. Después, la sección croquetas de cuyo aceite saldrá el jabón con el que sorprenden a sus clientes. De las croquetas, sin duda, las de marisco
Hasta aquí todo muy bien, pero nada sorprendente, para las extraordinarias referencias que traíamos. Los entrantes los íbamos regando con un vino joven de la tierra, que combinó de maravilla con los crujientes buñuelos de morcilla sobre confitura de tomate. La cosa iba in crescendo. Tras los buñuelos, un salteado de setas y gambas con huevos crujientes y estrellados, donde destacaba la original presentación de los huevos, envueltos en una pasta brik a forma de caramelo. Daba pena romperlos sobre las setas para crear el revuelto. Pero para hacer una tortilla, todo el mundo sabe que primero hay que romper los huevos. Para terminar los entrantes, unos experimentales muffins de queso y bacon mojados en una salsa de queso.
Aunque la simpática y muy paciente camarera, he obviado decir que íbamos cargados de niños, nos había propuesto empezar con un joven y pasarnos a un crianza, para el plato principal continuamos con el joven de bodegas Luzón. La carne, un taco de solomillo de cerdo sobre una cama de patatas panaderas y coronada por una ligera crema de queso, deleite de los amantes de este lácteo. Muy interesante la cocción de la carne, dando como resultado un sabor y una textura deliciosas.
Con todo esto, cualquiera hubiera comido, y bien. Pero no nos podíamos ir de De Loreto sin probar  uno de sus afamados arroces o guisos. En el aula de Cultura Gastronómica ya había tenido la oportunidad de probar su extraordinario y sencillo arroz con morcilla jumillana y sepia. En su casa fue el turno de un gazpacho jumillano con conejo y caracoles. Solo diré que no nos tomamos los dos peroles que trajeron para dejar hueco a los postres que estaban aún por llegar.
Y llegaron los postres. Cuatro mini postres individuales para todos los gustos. Un flan, un brownie, unas natillas y una tarta de queso. Estas dos últimas servidas en vaso de chupito y con el fuerte sabor que da el queso de cabra. En los postres no hubo unanimidad, pues mientras algunos se quedaron, sin dudar, con el flan, yo hubiera elegido o las natillas o la crema de queso. A la vez que sirvieron los postres, trajeron una pequeña tarta con dos velas. Un dos y un cuatro, o un cuatro y un dos, no lo recuerdo bien. Mientras cantábamos al unísono junto a las voces angelicales de los niños, al homenajeado. Para cerrar la fiesta, los cafés con unos buñuelos de calabaza y aunque supongo que ofrecerían unos chupitos, los rechazamos a cambio de un pequeño tour por la parte superior de la casa y el patio donde hubiéramos tomado de buena gana unos refrigerios, si la chiquillería no pidiera a gritos calle o no hubieramos tenido que coger coches. Para contentarlos y bajar ese maravilloso gazpacho, subimos al convento de Santa Ana del Monte donde terminamos un viaje inolvidable.
El restaurante De Loreto está en Jumilla, en la calle Canalejas número 73 y para reservar se podemos llamar al número de teléfono 968780360 o escribir un mail a info@restaurantedeloreto.com.

 


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