viernes, 27 de junio de 2014

Restaurante Gurea - Blanca (Murcia).


Si miramos en wikipedia información sobre el origen del pueblo de Blanca nos dice que el poblamiento del lugar se debe a  la proximidad del Río Segura y lo benigno del clima, que hacen de esta zona un lugar ideal para el establecimiento de población. Claro que allá por la Edad Media, que es la época en la que tenemos constancia de las primeras fuentes escritas de este municipio, no creo que se pararan mucho a contemplar el bonito paisaje ribereño que ochocientos años después sigue conservando. Una belleza natural que ahora en contadas ocasiones apreciamos y muchas más añoramos. Y aunque lo más bonito de esta localidad es el paisaje natural, en mitad del pueblo podemos encontrar la casa del Conde de la Vallesa, una construcción decimonónica de estilo neoclásico que ha sido restaurada y transformada en una hostelería rural y restaurante. Y es ahí a donde voy. Bueno, a donde fuimos a comer, al restaurante Gurea (el nuestro) a degustar auténtica cocina vasca a orillas del Segura.
La restauración de la casona ha sido llevada a cabo intentando mantener la estructura y
Pulpo sobre puré de patatas.
decoración original, por lo que al entrar en el comedor principal, el de los “escoceses”, de paredes decoradas con madera, tonos amarillos y unas láminas originales del conde, tuvimos la sensación de realizar un viaje en el tiempo de más de un siglo, como ya nos pasó en el jumillano restaurante De Loreto. La disposición de las mesas, bastante separadas unas de otras evita la sensación de agobio y sobre todo garantiza cierta intimidad. Junto a nuestra mesa había un grupo de niños que apenas molestaba pero que nos tocó pagar su cuenta.

Bacalao con hongos al cava.
Caía un sol de justicia, por lo que antes de nada pedimos unas cañas bien fresquitas que trajeron acompañados de maní y aceitunas de cuquillo partidas. A la hora de pedir, como es costumbre, nos ponemos en manos del maître, Gonzalo Muñecas, quien nos aconseja un par de entrantes al centro, para terminar con un principal individual. ¿Ha dicho un par de entrantes? Eso será para los vascos del sur, a nosotros por lo menos dos pares de entrantes. Empezamos con la ensalada de la casa para la que usan distintas variedades de lechugas, endivias, huevo, piña, tomate, aceitunas, cangrejo...aliñado con una vinagreta. Y seguimos con unas croquetas de cecina. Quizás estos sean los entrantes más convencionales, aunque encontrar por aquí croquetas de cecina. No lo sea tanto. Seguimos con un revuelto de patatas, foie y trufa, y sobre todo el contundente queso de cabra al horno que traen sobre cebolla caramelizada, con el que terminamos los entrantes.
Carrillera de buey
Con la llegada de los principales, la comida toma un carácter más serio e íntimo. Dejamos de compartir para atacar cada uno nuestro propio plato. La conversación cesa y durante unos segundos domina el silencio que acompaña la contemplación del plato. El silencio se rompe con frases solidarias e irrechazables como ¿Alguien quiere probar mi bacalao? O ¡Como nos vamos a poner! Las opciones, tanto de carnes como de pescados son amplias. Elegir el plato estrella de la casa, el bacalao con hongos y almejas al cava, es una buena decisión, aunque el bacalao a la sidra y queso idiazábal es también muy recomendable. - ¡Bacalao con queso! Mi elección es el cogote de merluza que me ofrecen de fuera de carta. Aunque las comparaciones no son justas, pues todavía conservo en la retina el maravilloso cogote que nos tomamos en Casa Antonio de Jaén y eso en cierto modo condicionó la valoración del plato. Éste es más tradicional, más sencilla su elaboración, sin artificio que modifique el sabor del producto de primera calidad. Un cogote al horno delicioso. Para los más carnívoros que quieran salirse de los solomillos o entrecots más convencionales, que los hay, el confit de pato en salsa de naranja, el rabo de toro estofado o la carrillera de buey o el meloso de ternera con vino tinto y uvas son también buenas alternativas. Sobre todo este último. Aquí presumen de traer una excelente carne procedente del norte. Por solidaridad con los que pidieron carne, acompañamos los platos, porque parece que pega más, con un rioja, La Montesa Crianza de 2010. Intentamos que fuera botella magnum, pero pinchamos en hueso. ¿Alguien me podría decir por qué es tan difícil encontrar botellas magnum en los restaurantes?
Gotxua.
Lo mejor lo reservaron para el final, los postres. La decisión es más importante de lo que a priori parece. ¿Volver a probar el goxúa (dulce) tradicional vasco o decantarme por el mousse de turrón? Porque postre iba a tomar sí o sí. El poder de atracción que el turrón tiene sobre mí es de sobra conocido, pero en esta ocasión triunfó la fuerza de lo autóctono y pedí el gotxua. Poco se parece a la versión que Senén González (Sagartoki) hizo para las jornadas de Barra de Barras de Gastrólogos. Base de nata, un bizcocho borracho y sobre éste, una crema pastelera quemada. ¡Delicioso! Tendré que probar el mousse en otra ocasión.

En relación al servicio, es muy discreto, o mejor dicho, con mucha discreción, que no parece lo mismo. Y es que, pocas cosas mejores se pueden decir del trabajo de sala. Atentos en todo momento pero sin agobiar al cliente, educados y profesionales. Un buen trabajo que bien complementa al que el cocinero vasco Juan Jesús Tellería realiza desde los fogones. Con cafés y una copita de Pedro Ximénez, invitación de la casa, cerramos nuestra experiencia gastronómica en el Valle de Ricote, aunque continuamos en el pueblo disfrutando de la exposición fotográfica que con motivo del día internacional de la música realizaban los fotógrafos Fernando Crego, Diego Garnés y May Carrión. El precio rondaba entorno a los cuarenta que sin ser una ganga, es bastante justo.

Restaurante Gurea.
C/ Gran Vía 54. 30540 Blanca.
Tlf. 968775030.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Con intención meramente divulgativa y tras consultar con mi progenitor, comentar que Gurea, se pronuncia en eusquera Gurrea y se encuentra entre uno de los posibles orígenes de tan ilustre apellido, el cual consiguió su nobleza como recompensa del rey a su gran valentía en la Batalla de las navas de Tolosa.