miércoles, 3 de septiembre de 2014

Casa Alfonso - Dehesa de Campoamor (Alicante).



Ceviche de langostinos.
Para la última salida del verano no podemos elegir cualquier sitio, y más en este verano que restaurantes como El Vinagrero en La Unión, o Eszencia en Cartagena han puesto el listón muy alto. Para poner la guinda y despedirnos de la playa por todo lo alto, elegimos Casa Alfonso en la urbanización de Campoamor. Un restaurante con estrella Michelin que tenemos a tiro de piedra y que, a pesar de las buenas referencias que teníamos, aún no habíamos visitado. Llegamos al chalet donde está situado Casa Alfonso, y tras atravesar las distintas dependencias donde reposa una buena colección de obras de arte contemporáneo, llegamos a la terraza en la que nos ubicaron en una calurosa noche donde quizás, si hubiésemos tenido opción, hubiéramos preferido el frío del aire acondicionado.
Ensalada de pepino con yogur griego.
Enseguida nos sirvieron una copa de cava de bienvenida junto a un calendario de mesa donde venían manuscrito los tres menús que ofrecen (50/65/85 euros o 70/90/115 con maridaje de vinos), y aunque el camarero nos recomendó el corto (allegro), nuestro aristotélico virtuosismo nos llevó a pedir el menú moderado que consta de cinco aperitivos, cuatro entrantes, un pescado, una carne y un postre. Las bebidas aparte, como suele ser normal en este tipo de restaurantes. Esto de que el menú venga en este formato puede que haya quien lo vea como arte, pero la mayoría lo vemos un poco cutrecillo, aunque sea ese el estilo de la casa. Me llama la atención que en ningún momento nos preguntó el camarero por alergias, filias o fobias. Es más, cuando anunció que tras la carne y antes del postre habría un plato de queso de obsequio, le comentamos que a alguno de los comensales no les gusta este rico alimento. Cosa que le dio exactamente igual porque les trajo su plato de queso correspondiente. Pero no vamos a adelantar acontecimientos y empecemos por los aperitivos.
Huevo con hueval de salmón.
El primero de los aperitivos fue un refrescante ceviche de langostinos coronado por un grano de maíz. Le sigue un suave bikini ovogénico de mantequilla de sardinas con huevas de salmón y de mújol, que recordaba, no en el sabor, al bikini de trufa que probamos en Entrecolycol. El maridaje empieza con un verdejo de Rueda del que, el camarero, no nos da mucha información. Me da a mí que tienen el enemigo en casa. No es la primera vez que hemos comentado como un mal servicio en la sala tira por tierra el trabajo del resto, y aquí parece que un solo camarero es capaz de desmerecer el trabajo del resto. Nos vamos a gastar lo que nos queda del presupuesto del verano y parte del de otoño, así que seremos tan exigentes como lo será la cuenta. Seguimos con un viejo conocido de Entrecolycol, la brocheta de pulpo sobre una crema de patatas. Como dije en su día, una buena reinterpretación de la cocina tradicional típica se Alfonso Egea con un producto de calidad. Los dos últimos aperitivos, en mi opinión, fueron los más flojos. El guacamole con gambas, y un buñuelo de bacalao con tinta de calamar. Eso sí, aquí el buñuelo es buñuelo y no un trozo de bacalao rebozado como nos vienen dando últimamente. Al finalizar los entrantes, nos acordamos mucho del Sr. E. Un alérgico reconocido que no hubiera podido más que darse a la bebida si le hubieran servido este menú. Una especial mención se ganó el maravilloso pan que sirvieron, sublime con aceite.
Calamares con salsa All i Pebre.

Empiezan los entrantes con unas gambas rojas sobre una salsa de pollo campero. Un tierra y mar que tanto gusta a los cocineros y que los más ortodoxos no acaban de ver. En cualquier caso, a mí me gusto bastante la combinación. Seguimos con una ensalada de yogur griego con manzana, brotes de cebolla y pepino, que a pesar de no ser el pepino santo de mi devoción, me pareció tan original como deliciosa. Los entrantes restantes mejoraron notablemente el menú. El huevo cocido a baja ¿presión? Juraría que eso es lo que nos dijo. En fin. Acompañado por unas huevas de salmón y pan tostado. Todo esto maridado con un albariño cualquiera. Otra vez falta de información. Ya con el tinto, Pujanza Hado de 2011, un rioja que pedí que nos enseñara, sirvieron el último de los entrantes, un sabrosísimo calamar en salsa de all i pebre. Buena cocina y producto al servicio del comensal, correcta presentación en una vajilla seleccionada con muy buen gusto y mejor cubertería pero no acaban de rematar la faena con una explicación del trabajo realizado. Claro que si es este camarero-maitre quien tiene que darla, mejor quedarse callado. Sentencias como ¿Es que tenemos web?; estamos abiertos hasta el día 15, después, no sé si volveremos a abrir más; o hasta aquí el vino que les correspondía; dan muy mala imagen en un restaurante de esta categoría.

Rape empanado en pan de cebolla.
Los principales, un artístico rape empanado en pan de cebolla y un tierno solomillo con setas al vino tinto, sin acompañamientos, sin distracciones. Ambos deliciosos. Cerramos los salados con el prometido plato de quesos mediterráneos. Un plato para cada comensal con un queso de Mahón y otro de Castellón que no pudimos disfrutar como quisimos al anunciar ese malvado camarero que habíamos terminado con nuestro cupo de vino. ¿Acaso estamos en Venezuela? ¡Oír para creer! Y si, a quienes no les gustaba el queso, también les trajeron su ración. ¡Que desperdicio! Como postre una sopa de frutos del bosque con helado de vainilla que ponía el cierre a un menú bastante completo, rico aunque poco sorprendente. Alargamos la velada con uno de los cafés más caros de mi vida, un maravilloso vino dulce de la tierra, Casta Diva, y una de la más grande, y barata copa de gin-tonic que jamás he probado.

Sopa de frutos del bosque.
¿Ha merecido la pena? Evidentemente sí, aunque como todo en esta vida, esta afirmación es matizable. Un restaurante reconocido en las más prestigiosas guías gastronómicas, no debe darte como carta un manuscrito desgastado y sucio. Un restaurante el que pagas en torno a 100 euros por comensal no debe dejar la responsabilidad de la sala a una persona tan poco preparada para ocupar ese cargo. Su pobre hacer deslució el trabajo discreto de sus compañeras de sala y no supo ser la voz de la cocina en la sala. Un restaurante así, debe saber venderse, en internet,  ante los clientes explicando bien su proyecto, la idiosincrasia de la cocina o justificando porque pagamos 25 euros en un maridaje limitado y con vinos de los que apenas reciben información. A pesar de todo, en Casa  Alfonso pasamos una velada inolvidable y sospecho que irrepetible ya que según nos informó el camarero cerrarán la temporada para no volver. ¿Será cierto? 


Restaurante Casa Alfonso.
C/ Garcilaso de la Vega, 1C. Dehesa de Campoamor (Alicante).
Tlf. 965322717  - http://casaalfonso.wordpress.com/casa-alfonso/


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