martes, 18 de agosto de 2015

Restaurante La Tropical - Los Alcázares.



La pasada semana actuó en el festival de teatro, música y danza de San Javier el Ballet clásico de San Petersburgo con su representación de Giselle, y para la ocasión, acomodamos a la familia, amantes de la danza, en las gradas del auditorio del parque Almansa, y para nosotros, amantes del buen yantar, reservamos una mesa en un palco instalado en el Restaurante La Tropical de Los Alcázares. Fue con nocturnidad y alevosía, pero sin premeditación, pues lo decidimos a última hora y reservamos de camino. Aunque era domingo noche, mesa para dos no fue difícil encontrar.
La tropical es un restaurante de pueblo de los de toda la vida, al que sus más de 75 años de existencia, abrió sus puertas en el 36 del siglo pasado, le han dotado de la solera suficiente para convertirse en uno de los locales más emblemáticos de la zona, con un servicio y una cocina muy por encima de la media. Al entrar por la puerta de la calle Santa Teresa, nos encontramos de frente con una larga barra, que exhibe en sus expositores una amplia selección de productos frescos que ofrecen (quesos, marisco, tapas, pinchos), y da paso a un no muy grande comedor, forrado en maderas de cuyas paredes cuelgan fotografías antiguas de la localidad.  Me llama la atención las esculturas circenses que decoran la sala. Con la terraza casi doblan su capacidad de mesas.
La carta, elaborada por el asesor gastronómico David López (@dlcocinero), de quien ya hemos
hablado, y probado sus creaciones en el ya cerrado Milhojas Restobar (riquísimos los boca-bits de alga nori o los cortes de parmesamo) o en Palco 41, actual Palco del Parlamento, y llevada a cabo por el equipo de La Tropical cuyo jefe de cocina es Sergio De Gea,  hace guiños a la cocina de vanguardia, sin perder de vista la tradición. A las nuevas tendencias importadas, tartar, tataki, ceviche… se le suma una cocina de calidad y producto. Sería difícil entender en el entorno del Mar Menor un restaurante que no tenga en su carta un caldero como Dios manda.
Si ellos mezclan producto con modernidad. Nosotros no vamos a ser menos, así que para comenzar probamos su refrescante tartar de salmón con mahonesa de encurtidos. Demasiados platos que queremos probar y solamente tenemos dos horas de función para probarlos. Los envoltini crujiente de gamba y salsa teriyaki, el carpaccio de lengua de ternera o foie de rape con migas marinas tendrán que esperar. La decepción vino de la mano del pulpo a la llama con puré de sobrasada y berenjena quemada. Es cierto que la receta está muy bien pensada, tierno por dentro y crujiente por fuera, pero el fuerte sabor a quemado a mí no me gusta nada. Otra cosa muy distinta fueron las alcachofas con foie y crujiente de jamón a pesar de no estar en temporada. Terminamos los entrantes con un huevo campero 62° 50’, setas estofadas, foie casero y glace de ternera. En La Tropical, es normal encontrar platos acompañados de emulsiones, helado de cilantro, gel de vino o caramelo de cerveza. Terminamos con unos panecillos de presa en adobo y mayonesa de Ras el Hanut (mezcla de especias de origen magrebí), y con otro de solomillo y foie. Todo regado con un tinto, Viridiana, un roble de Ribera de Duero.
Como casi siempre lo mejor vino con el postre. Creo que sin darme cuenta me estoy convirtiendo en un fan casi incondicional de los postres de David López, no tanto de su pulpo. Nos decantamos por la torrija de Baileys con helado de chocolate y pipas de calabaza garrapiñada. Todo un acierto. Hubiéramos repetido si no fuera porque tuvimos que pedir la cuenta, aproximadamente 37 euros por cabeza, y salir contentos con el servicio recibido, pero con cierta urgencia para llegar a tiempo para la ovación final del maravilloso ballet clásico de San Petersburgo.
  

Restaurante La Tropical.
C/ Santa Teresa 66, Los Alcázares.
Teléfono 968575005



sábado, 15 de agosto de 2015

Restaurante Comala - Madrid.




“Hacía tantos años que no alzaba la cara, que me olvidé del cielo”. (Pedro Páramo)

Comala es taquería, es cocina fusión, es mezcal y frijoles, es Pedro Páramo, es México, es la propuesta canalla, y mira que no me gusta ese calificativo para definir un restaurante, de Abraham García de Viridiana, y sobre todo nuestro último cartucho después del fracaso que cosechamos en El Perro y la Galleta. La otra alternativa era Chuka Ramen Bar y sus Bao Buns, pero lo dejamos para la próxima. Últimamente viajamos poco y cada salida vale su peso en Kobe.
En un espacio muy reducido con mesas interiores, cocina a la vista o terraza cubierta, junto al Hotel Ritz de Madrid y frente al edificio de La bolsa, podemos disfrutar de tacos, frijoles,  guacamole o de una michelada (a quien le guste). Platos típicos de la cocina mejicana con un acertado alto grado de fusión e innovación.
Llegamos con la lección aprendida: “os debéis poner en sus manos” y eso fue lo que hicimos. El
aperitivo, cortesía de la casa, con el que comenzamos fue una ligera crema de calabaza con jengibre. Una combinación que seguro que copiaremos en casa. Nos aconsejaron que no pidiéramos guacamole, pues ya lo íbamos a probar en los platos. El maître, Roberto creo recordar, nos guió en todo momento llegando incluso a frenarnos en la comanda. La primera de las tortillas de trigo, de elaboración casera, fue la de arenque del Báltico marinado y guacamole con mango al estilo de Veracruz. ¿Arenque con guacamole? Me recuerda a las anchoas con miel de Los Chispos, una mezcla tan peculiar como acertada. Las de ropa vieja al gusto andaluz están espectaculares. Es difícil no repetir y nosotros lo hicimos. Las últimas, y no por ello menos buenas, fueron las tortillas de trigo y coco rellenas de pollo al curry rojo, ligeramente picantes. Las tortillas están crujientes y las traen bien cargadas. Están buenas hasta sin relleno.
Cambiamos de tercio y nos pedimos un imprescindible, según el camarero, y como nosotros nos habíamos puesto en sus manos… Los huevos en sartén sobre mousse de hongos con foie de pato y setas silvestres salteadas con jamón ibérico. Unos huevos con tanto apellido no pueden estar malos. No sé si estar en el paraíso es algo parecido, el camarero lo aseguraba, pero quedaría cerca. Terminamos con carne. Un lomo da vaca a la parrilla con mole poblano y tamalito de maíz tierno con pasas. Todo esto apenas es una muestra de la fusión de platos e ingredientes mex con elevado toque vanguardista, que se hace en Comala. Platos imposibles para los legos en los fogones pero de resultado sublime.
Los postres no son ajenos a esta mezcla de cocinas. Además de las trufas obsequio de la casa, probamos la cuajada de coco y chocolate amargo y la maravillosa mousse quemada de maracuyá con bayas silvestres. Una creme brûlée con intenso sabor a maracuyá.  Para repetir, aunque esta vez no lo hicimos. No probamos, aunque no fue por falta de ganas, el helado de Cajeta con Mezcal ni el sorbete de fresones con tequila reposado.
-¡Café y la cuenta, por favor!- Presentada en el interior de un sombrero metálico, tocamos aproximadamente a 35 euros por cabeza. Salimos de Comala ya entrada la madrugada de una agradable noche de verano caminando por Paseo del Prado con un buenísimo sabor de boca por haber disfrutado del que fue reconocido con una mención de honor en los premios gastronómicos de 2014 por la revista Metropoli.


Restaurante Comala.
Pl. de la Lealtad, 3. Madrid.
Tlf: 915047827
http://www.restaurantecomala.es/index.html


jueves, 6 de agosto de 2015

El perro y la galleta - Madrid.


 Ensaladilla con carpaccio de gambón y bacalao
Siempre he defendido que, aunque lo más importante de un restaurante es su cocina, hay otros muchos factores como el servicio, la decoración o el ambiente, que pueden convertir un buen restaurante en un magnifico restaurante o reducir una buena cocina a una mala experiencia. En El Perro y la Galleta, el nuevo restaurante abierto en el barrio de Salamanca de Madrid, son conscientes de esto y han echado el resto en la decoración, cuidando el más mínimo detalle, mesas de madera, amplias cristaleras a Claudio Coello, muebles antiguos, vajillas de importación, barra de mármol, una amplia colección de radios de época y profusas referencias a cánidos, en las tres salas de ambiente victoriano. Destacando las cabezas de perros colgadas en la pared nada más entrar, elaboradas a mano por la empresa Softheads y el retrato de un perro con uniforme militar.
Llegamos pasadas las diez y media. Cuando reservé me dijeron que había turnos, o bien reservaba a las 8:45 o bien a las 10:45. Se ve que los del primer turno no sabían o no querían saber lo de los turnos, porque no se levantaron hasta las 11:30. Cuarenta minutos de plantón que el cómplice maître permitió con su pasividad. Muchas excusas, pero deberíamos haber hecho caso a quien propuso pagar la cerveza que nos habíamos tomado mientras esperábamos y llamar a algún sitio para que nos trajeran la cena a casa. Hubiera aceptado hasta ir a un restaurante de cocina rápida.
Una vez sentados, vimos la carta, en la que, aunque hay pocos platos novedosos, introducen algunos ingredientes que los pueden hacer originales. La noche, aunque había empezado torcida, prometía. Como solemos hacer, pedimos mucho, para compartir al centro, y así poder probar más cosas. No nos gustó nada que el camarero nos sugiriera pedir todo en ese momento porque cerraban la cocina. Indignante, después de darnos un plantón de tres cuartos de hora, vienen con prisas. Cierto que la cocina tiene que cerrar, pero que nos dieran mesa con cuarenta y cinco minutos de demora no fue culpa nuestra. El servicio, fue muy amable, aunque también algo anárquico. No estamos muy  acostumbrados a que entre los entrantes nos traigan los teóricos principales.
Nuestro inicio fue pinchar en hueso. El irlandés, (huevos pochados con trufa) sonaba muy bien, pero lamentablemente no les quedaba. Si probamos las flautas de pollo rebozadas en galleta y dips de tzatziki y fritata. Demasiados pasados de fritura, cerca de quemados. Poco que ver con la foto de su web. El tiradito de pez mantequilla y aji amarillo, plato típico peruano de influencia japonesa parecido al carpaccio, nos gustó bastante. Fue lo mejor de la noche. Seguimos con las croquetas, de chipirón, pato y bacalao y con un risotto de boletus y parmesano, presentado en una mini cocotte. Quizás demasiado al dente. Después, a destiempo, la ensaladilla rusa con carpaccio de gambón y bacalao, original, pero ya ni nos acordábamos que la habíamos pedido. Muy buena, por cierto. El último de los platos que compartimos fueron las berenjenas rebozadas y chamuscadas, rebozadas también en galleta. Las devolvimos por estar quemadas y nos trajeron otras que no nos cobraron a la hora de pagar.
En la carta también ofrecen, entre otras cosas, coca de jamón de pato e higos, tataky de atún rojo escabechado, un timbal de chipirones con arroz negro, o un arroz caldoso con cigalitas. De postre pedimos la tarta de zanahoria con cobertura de queso y helado de galleta.

El perro y la galleta, muestra una oferta gastronómica de platos internacionales, que sigue las tendencias que marca la moda. Unos platos que podemos encontrar en innumerables restaurantes con la novedad de la galleta como ingrediente temático en muchas de las recetas, en un entorno decorado con muy buen gusto, pero con una cocina que tuvo una mala tarde. Espero. El precio, rondó los 25 euros por cabeza, teniendo en cuenta que nos invitaron a las cervezas que tomamos mientras esperábamos nuestra mesa y que no nos cobraron las berenjenas rebozadas. Dos detalles, que en cierto modo, compensan el largo plantón sufrido. Un atenuante es el poco tiempo que lleva funcionando. El ritmo del día a día le debe ayudar a mejorar y ofrecer una cocina y trato a los clientes acorde con la decoración.  


Restaurante El Perro y la Galleta.
C/ Claudio Coello 1. Madrid.
Tlf: 915311161 - 606822421
www.elperroylagalleta.com